Eso es seguro. A Maricarmen no la van a desahuciar más. Reconoce que le aturden tantas noticias sobre la carestía de la vivienda y los lanzamientos judiciales como le saltan a cada instante en la pantalla de su teléfono con el que mantiene un delgadísimo hilo de conexión con el mundo que la rodea.
Está a lo suyo, pero sabe que eso no le va a pasar a ella. Que no la van a echar de casa, que no va a tener que abandonar el hogar, que no va a tener que presentarse una legión de policías para sacarla de donde no tiene que estar. Qué va.
Basta con que un barrendero le moje la manta o los cartones mientras baldea la calle o que alguien le hurte las pocas pertenencias propias que viajan con ella en la mochila todo el día o que se encuentre ocupado los dos metros cuadrados de calle en el pasaje comercial que nadie transita de noche.
Porque la Maricarmen de la que hablo vive en la calle. La desahuciaron una vez o se fue por su propio pie cuando la renta se le atragantó y carecía de medios con los que responder a las exigencias del propietario. De Maricarmen nadie habla, nadie opina, nadie legisla.
A ella no la vuelven a desahuciar. Porque no tiene hogar del que nadie pueda echarla. Hay unas 35.000 personas en España como la Maricarmen real, de carne y hueso y con ese nombre, con la que me cruzo los miércoles por la noche mientras prepara su dormitorio al raso.
