Impresiona la cantidad de gente que vive enfadada o pagando con los demás sus problemas y frustraciones. Personas que dan malas contestaciones, que hacen difícil lo fácil, que parecen alegrarse cuando algo no funciona, no se puede hacer o sale mal. Cierto es que detrás de muchas de estas actitudes se esconden dramas que convendría acompañar para ayudar a su sanación. Pero, a veces, los propios bloqueos y enfados encierran a las personas en actitudes y modos de vida de los que no quieren salir.
Lo malo es cuando, sin darnos cuenta, nos vemos contagiados e inmersos en ese mismo modo de vida. Cuando, al poco de levantarnos, al mirar el móvil ya comenzamos a protestar y a quejarnos por lo que encontramos allí. Cuando no solo nos fastidia desproporcionadamente todo aquello que encontramos mal hecho, sino que además despierta en nosotros el deseo de fastidiar a otros para que aguanten lo que nosotros aguantamos.
Estas situaciones terminan creando a nuestro alrededor un ambiente irrespirable, no solo para los demás, sino también para nosotros mismos. Porque vivir enfadados acaba asfixiando nuestro buen carácter, nuestras ilusiones y aspiraciones, y apagando el brillo del Evangelio en nuestra vida.
Por eso, aunque la vida se nos haga difícil o nos supere, es importante no dejarse llevar por el enfado que acaba atrapándonos, sino tomar ejemplo de quienes irradian alegría con su «a mal tiempo, buena cara». Y, sobre todo, pedirle al Señor esa fuerza que nace de la verdadera alegría, capaz de convertir incluso la muerte en vida.
