Ayer por la mañana, antes de entrar a clase, me ha llegado una notificación y he visto la noticia: Elecciones generales el 29 de noviembre.
Mi primera reacción ha sido automática: entrar en redes para ver qué decía cada uno. No habían pasado 10 minutos y ya había titulares, vídeos, memes, opiniones y gente convencida de tener todas las respuestas.
Y entonces me he parado a pensar en algo: tengo 23 años, voy a votar y, sin embargo, ¿cuánto de mi pensamiento me lo he inculcado yo mismo?
Pensado, he llegado a la conclusión que muchas veces vamos demasiado deprisa. Leemos un titular y reaccionamos. Vemos un vídeo y tenemos una opinión. Escuchamos a alguien que piensa como nosotros y damos por hecho que tiene razón. A veces incluso discutimos sobre una política sin haber leído la propuesta concreta.
No creo que el problema sea que tengamos opiniones diversas. El problema es que quizá no estamos perdiendo el tiempo necesario para formar las nuestras. Y, para un cristiano, esto plantea algo todavía más profundo. ¿Desde lo que dice mi grupo de amigos? ¿desde lo que dice el político de turno? ¿O desde una conciencia capaz de buscar sinceramente la verdad?
Quizá, antes en esta campaña, antes de preguntarnos a quién votar, deberíamos aprender a hacer algo mucho más difícil: parar, guardar silencio, pensar, escuchar, y entonces responder
Porque quizá Dios no nos pide que tengamos una respuesta para todo, sino que busquemos la verdad con honestidad.
Y, en medio de tanto ruido, eso puede ser ya una forma de libertad.
