En mitad de tanta convulsión social, creo que estamos perdiendo el discurso cristiano sobre muchas realidades porque no estamos siendo capaces de mirar la totalidad de las situaciones. Esa falta de sensibilidad para descubrir los matices, las tensiones y las distintas realidades que existen detrás de cada problema puede alejarnos de un mensaje de justicia social y de Evangelio. Y quizá esto mismo está haciendo que crezcan discursos extremos que, en el fondo, no ofrecen esperanza a nadie, pero tienen que ser una llamada para nosotros a luchar contra ellos. Si nuestro discurso es tan sencillo y polarizado como el suyo, no conseguiremos tener esa voz de Evangelio tan necesaria hoy. 

Tengo que reconocer que empiezo a escribir estas líneas con miedo y con el prejuicio de que quizá no se entiendan bien. Y creo que este simple hecho ya dice algo: no estamos siendo capaces de escuchar y aceptar los matices de las situaciones y preferimos hacer generalizaciones que nos dejan más tranquilos y no generan malestar. Pero quizá sea precisamente eso lo que está haciendo que estemos perdiendo el discurso.

Voy a poner un ejemplo con la desafortunada situación que está viviendo M.ª Carmen, que además toca uno de los temas más candentes y que más pobreza está generando en una parte importante de nuestra sociedad: la vivienda (aplicable a muchos otros temas). 

Partiendo de la injusta y dura situación que está viviendo M.ª Carmen y que todos denunciamos y condenamos, se nos abre un debate sobre uno de los temas qué más pobreza están generando en la sociedad que nos toca vivir. Y como todos los problemas, no podemos caer en lecturas sencillas sin querer plantear las tensiones y matices de esta situación. 

¿Es justo que unos jubilados que han trabajado toda su vida y que tienen un piso alquilado para completar su pensión tengan que asumir una situación de ocupación y todos los gastos, y que se lo dejen totalmente destrozado?

¿Es justo que tengan las mismas consecuencias quienes durante toda su vida han trabajado y ahorrado para comprar una vivienda, asumiendo sacrificios, que quienes han optado por otro modelo de vida, por ejemplo, viviendo siempre de alquiler?

¿Es justo que muchos jóvenes no puedan acceder a una vivienda para iniciar su vida adulta, que tengan que renunciar a tener hijos —o a tener más de uno— porque no pueden permitirse una vivienda adecuada, o que muchas familias no puedan atender a sus padres cuando se hacen mayores porque sus casas no están preparadas para ello?

¿Es justo que tantas familias vivan el drama de que no puedan optar a un alquiler por no poder tener garantías de que podrán pagar el alquiler?

Así habría miles de situaciones que podríamos seguir escribiendo solo sobre este tema. Por eso creo que no podemos perder el discurso en medio de los extremos. A la luz del Evangelio tenemos que tener una capacidad de contemplar la realidad en toda su complejidad. Es la mirada de un Dios que sufre con M.ª Carmen, pero también con el joven que vive sin esperanza porque no puede realizar su proyecto de vida, con la familia que no puede acceder a una vivienda o con quien ve amenazado aquello que consiguió después de tantos años de trabajo y sacrificio.

El Evangelio habla de la defensa de los pobres, pero quizá sea también es el momento de revisar a quién llamamos hoy pobres, para que podamos construir un discurso verdaderamente evangélico que incluya a los pobres, pero a todos, todos, todos, como decía el papa Francisco.

«Tuve hambre y me disteis de comer». Pero no solo a unos pocos: a todos los que tienen hambre de pan, de cariño, de ilusión, de esperanza… Y podríamos seguir incorporando muchos más matices.

PastoralSJ
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