“¿Quién nos rodará la piedra?” Esa angustia que sentían las mujeres camino del sepulcro es la misma que sentimos, a veces, al llegar al colegio. Es la preocupación ante ese alumno que parece no entender, el nudo en la garganta antes de dar una noticia difícil a una familia, o la frustración ante un compañero que se ha enrocado en su punto de vista.
“No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, ha resucitado” (Mt 28). Estas son las palabras que el joven vestido de blanco les dijo. A menudo caminamos hacia el aula, como esas mujeres, cargando nuestros ungüentos -planificaciones, recursos, paciencia- pensando “¿Cómo voy a mover hoy la losa de este alumno? ¿Quién me va a ayudar con su desidia? ¿Quién podrá echarme una mano con su dolor?”. En cada clase hay una piedra que rodar, un alumno rendido, una familia rota que no sabe pedir ayuda o un compañero que ha hecho del silencio su trinchera.
¡Estamos en tiempo de Pascua! Dios ya ha trabajado en el corazón del niño, de la familia, del compañero. Dios ya ha pasado por allí. Podríamos llamar a esto la pedagogía de la Resurrección. Resucitar, en la escuela, es ver al que estaba desconectado levantar la mano; es el perdón que se pide en el patio, sin que se fuerce; o es la familia que te pregunta cómo ayudar. La Vida ha encontrado una grieta por donde entrar.
Nuestra misión no es mover piedras -ese es oficio de Dios-, sino admirar el sepulcro vacío. La Pascua nos recuerda que, por muy difícil que sea la realidad, podemos llegar a tiempo para ver la luz, porque el Maestro, con mayúsculas, siempre llega antes que nosotros.



