Canto
Dónde está tu luz
Dame, Señor, tu mano guiadora.
Dime dónde la luz del sol se esconde.
Dónde la vida verdadera.
Dónde la verdadera muerte redentora.
Que estoy ciego, Señor,
que quiero ahora saber.
Anda Señor, anda, responde
de una vez para siempre. Dime dónde
se halla tu luz que dicen cegadora.
Dame, Señor, tu mano. Dame el viento
que arrastra a Ti a los hombres desvalidos.
O dime dónde está, para buscarlo.
Que estoy ciego, Señor. Que ya no siento
la luz sobre mis ojos ateridos
y ya no tengo Dios para adorarlo.
Jacinto López Gorgé
Canto
Del Evangelio según San Juan, 9:
En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”. Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa ‘Enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista. Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy”. Y le preguntaban: “Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” Él les respondió: “El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: “¿En dónde está él?” Les contestó: “No lo sé”. Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?” Él les contestó: “Que es un profeta”. Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque éstos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a él’. Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: “Discípulo de ése lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ése, no sabemos de dónde viene”. Replicó aquel hombre: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera. Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró. Entonces le dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: “¿Entonces también nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.
Canto
Cuántas veces buscamos culpables a nuestro alrededor. «¿Quién pecó, éste o sus padres?» ¿Qué pasó para que cambiara su felicidad por desgracia?, ¿dónde se salió del camino?, ¿qué malas opciones tomó en su vida?, si sus padres hubieran sido más duros , o menos rígidos con él, sería de otra manera… Vemos culpables por todas partes, en lugar de personas que sufren y necesitan ayuda. Como los discípulos y los judíos estamos ciegos ante tantas oportunidades para tender una mano a quien sufre o se salió del camino. A veces decidimos no mirar, otras buscamos escarmientos que refuerzan los sacrificios que un día hicimos, o también tantas cosas que escondemos y no queremos que salgan a la luz. Cuando nos haces ver delante de nosotros a un hermano que sufre, a alguien con quien pueden manifestarse las obras de Dios, nos damos cuenta de que en realidad somos nosotros los que estamos ciegos, necesitados de tu luz que ilumina nuestras tinieblas. Sólo así puede cambiar nuestra raquítica y deformada realidad, para corregirse e iluminarse desde tu presencia.
Canto
Mándanos pues Señor a lavarnos en la piscina de Siloé, de los enviados. Pero úntanos con barro y saliva los ojos primero. Porque sólo la palabra que sale de tu boca sana y reconstruye. Porque sólo tu barro repara los rotos que hemos hecho a tu obra de arte de Divino Alfarero. Úntanos bien los ojos y frota aunque nos dé asco o nos duela. Porque son ya demasiados nuestros remedios chapuceros, y ninguno de ellos nos ha curado, más bien hemos empeorado. Haznos perder el miedo a que nos hagas daño, nos quites lo nuestro o nos hagas ver aquello que no queremos. Enséñanos a caminar con los ojos llenos de barro hasta Siloé, guiados por la sed, por el sonido del agua y por la ayuda de nuestros hermanos. Puede que así nos demos cuenta de lo ciegos y necesitados que estamos. De que hay otras brújulas y guías dentro de nosotros que no están embotadas como nuestros ojos. De que necesitamos esa ayuda que, autosuficientes como nos creemos, rechazamos. Sabemos que quieres sanarnos Señor, pero ayúdanos a no fiarnos de nosotros, a reconocer nuestra ceguera y dejar tratarnos, para que puedas hacer que volvamos a ver desde la luz de tu Evangelio.
Intenciones del Papa León encomendadas a su Red Mundial de Oración para el mes de marzo: Por el desarme y la paz. Oremos para que las Naciones procedan a un desarme efectivo, particularmente el desarme nuclear, y los líderes mundiales elijan el camino del diálogo y de la diplomacia en vez de la violencia.
Canto, bendición y reserva



