¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?

Adora
y confía

Exposición del Santísimo y canto

Nuestra peregrinación cuaresmal tiene este domingo una última parada antes de Jerusalén: Betania. Esa familia de amigos con la que uno se siente en casa, ese lugar que inundas siempre Señor con tu presencia. Para nosotros, esta iglesia y estos momentos son también nuestra Betania. El lunar en el que sentimos que las preocupaciones y penas se alivian, en el que nos sentimos hermanos unos de otros, congregados por tu presencia real en este Santísimo Sacramento. Pero, no son pocas las veces en las que nuestras preocupaciones y problemas traspasan la puerta y se sientan con nosotros en el banco, impidiendo que podamos centrarnos en la oración. Esas ocasiones en las que la duda parece vencer la batalla a la fe. O en las que sentimos que tienes la culpa de aquello que nos pasa, y, o bien te lo echamos en cara, o no nos atrevemos a mirarte. Hoy Señor en el Evangelio nos muestras una de esas situaciones en las que pareces no hacer nada por tus amigos que tantas veces te han acogido a ti ya tus discípulos bajo su techo. En las que da la sensación de que seguirte no compensa, o es incluso contraproducente. Una escena que nos invita a confiar en Ti, incluso cuando parece que está todo perdido. A tener fe, a prepararnos para contemplar tu Pasión, con esperanza en tu Resurrección.

Canto

Del Evangelio según San Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45

En aquel tiempo, Marta y María, las dos hermanas de Lázaro, le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba. Después dijo a su discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”. Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Jesús se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?” Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de allí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”. Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?» «¿No te importa que nos hundamos?» «A otros ha salvado y no puede salvarse a sí mismo». Son algunas de las quejas que los evangelistas recogen cuando Dios parece no hacer nada. De un modo u otro, todos las hemos dicho alguna vez en nuestras vidas, cuando hemos sentido que el Señor tardaba, que no hacía nada, que se entretenía con los otros, o con nada, y nos dejaba de lado mientras le pedíamos su ayuda, o le enviábamos mensajes por medio de intercesores. «Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Impresiona ver como Marta cambia de registro y pasa de la queja a la confianza. Como sigue fiándose de Jesús a pesar de todo lo que ha pasado. En el fondo, nos conecta con todas esas ocasiones en las que nos hemos enfadado con Dios, hemos sentido que no nos sostenía, hemos querido dejarle de lado, apartarnos de Él como tantos, pero no hemos podido porque sentimos que caminar si Él es todavía más duro, porque nuestro corazón no puede seguir latiendo si no está conectado al suyo. Si como Marta sentimos que Jesús no nos entiende, o que nos ha abandonado, quizá debemos prepararnos para contemplarle en unos días en su Pasión gritando primero «Dios mío Dios mío ¿por qué me has abandonado?» y diciendo después, con las pocas fuerzas que le quedan, tal vez en un susurro: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu».

Canto

«Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él». ¿Qué creyeron? Aquello mismo que le había preguntado Jesús a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siem­pre». Lo que ella y su hermana María pensaban que creían de un modo pleno, pero que  quedó corto ante la enfermedad y muerte de su hermano. Ellas creían que resucitaría en el último día, pero Jesús les hizo ver cosas mayores: se lo devolvió vivo. A veces nuestra fe es también raquítica. Pensamos que sólo se puede vivir resucitado en el Cielo, pero tú Señor nos invitas a resucitar contigo, como Lázaro, ya en esta vida. Pues la vida eterna consiste en conocer a Dios y en conocerte a ti que eres su enviado. Con un conocimiento interno que abre los sepulcros en los que las circunstancias o los demás nos encierran, o en los que nosotros mismos nos enterramos en vida. Vivir la vida eterna en esta vida es darte las riendas de nuestra existencia, es dejar que tu luz ilumine y dé sentido a todo lo que nos pasa. Es abrirnos a una fe mucho mayor, como hicieron tus discípulos al ver, no sólo a Lázaro, sino al encontrarse contigo Resucitado.

Intenciones del Santo Padre, León XIV encomendadas a su Red Mundial de Oración para el mes de marzo: Por el desarme y la paz.
Oremos para que las Naciones procedan a un desarme efectivo, particularmente el desarme nuclear, y los líderes mundiales elijan el camino del diálogo y de la diplomacia en vez de la violencia.

Canto, bendición reserva y canto a María

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