A veces siento que muchos de los problemas que nos preocupan hoy —ansiedad, comparaciones, inseguridades, impulsos desbordados— serían más llevaderos si recuperáramos lo que la historia espiritual enseña. Entre esa sabiduría olvidada, destacan los siete pecados capitales. Su origen es interesante: surgieron para realizar un diagnóstico espiritual, un mapa que ayudaba a los monjes a identificar lo que les alejaba de la vida plena que buscaban.

Con el tiempo, la atención a estos pecados ha ido en declive, y es una lástima, porque hacerse consciente de ellos cada día, ayuda a ordenar la vida interior. Orgullo, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Difícil que al menos tres o cuatro no aparezcan en nuestro día a día, ya sea en nosotros, en quienes nos rodean o en la cultura. Basta observar: vivimos rodeados de mensajes que juegan con nuestras debilidades: la publicidad alimenta gula y lujuria; las redes sociales amplifican envidia y orgullo, creando comparación constante que agota; y no olvidemos la avaricia o la pereza.

Propongo convertir este conocimiento en una herramienta diaria: repasar en qué momentos del día hemos sentido o vivido cada pecado. Es un ejercicio muy ignaciano, que puede ayudar a que pierdan fuerza. Pido luz para quienes se animen a hacerlo, con paciencia y verdad, sin juicio ni prisa. Mirar hacia dentro no siempre es sencillo, pero suele ser donde empieza a ordenarse la vida.

Confío en que, en medio de ese gesto humilde, Dios sabrá hacerse presente en silencio, ayudándonos a poner más amor y claridad en el mundo.

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