En el año 1969, el gobernador de Nueva York, Nelson Rockefeller, tras recorrer parte de Latinoamérica como enviado especial de Richard Nixon, elaboró un informe político en el que mostraba una enorme preocupación por el movimiento que había generado la Conferencia de Medellín. Pero no fue el único: oligarcas y militares emprendieron una persecución contra la Iglesia latinoamericana que terminó con la vida de muchos hombres y mujeres valientes, radicales en el seguimiento de Jesús.

En algunos casos, ni siquiera la propia Iglesia fue capaz de comprender un movimiento arraigado en el Evangelio y en su opción preferencial por los pobres. Porque este principio teológico no solo nos habla de un Dios que ama a los desamparados, sino también de un Dios que los defiende. Jesús se sitúa al lado de los débiles frente a los poderosos, denunciando, por ejemplo, a escribas y fariseos (Mt 23), y termina muerto en la cruz porque estorba, porque su denuncia de las injusticias y de las estructuras de pecado que las permiten incomoda. Recuérdese el comienzo del Evangelio de san Marcos.

A menudo se nos olvida que Jesús, siempre con extraordinaria delicadeza, fue un hombre recio y de palabras fuertes: en el Jordán, en Galilea, en el templo de Jerusalén. A veces preferimos adorar a un Dios construido a nuestra medida y nos olvidamos de un Jesús que fue «escándalo para los judíos y locura para los paganos». A veces —muchas veces— pedimos a Jesús que «venga a nosotros tu Reino», pero no somos capaces de comprometernos con lo que su Reino significa.

Responder a nuestra fe implica enfrentarnos a las estructuras de pecado que generan desigualdad, sin abandonar jamás la delicadeza. ¿Cómo amar a un Jesús crucificado al que no vemos, mientras evitamos la mirada de quienes cargan con su cruz en nuestro tiempo?

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