No quiere que se sepa que vive en la calle. A simple vista, nadie lo diría: va bien vestido, escucha la radio en su teléfono móvil y se asea regularmente en los baños de los grandes almacenes. Pero no tiene hogar. Sus hijos y sus amigos no lo saben, imposible ir más allá para conocer las causas que le llevaron a dormir al raso, bajo un par de cartones con los que construye cada noche el mínimo refugio en el que descansar de madrugada.
Pasa el día de acá para allá sin pedir nada, con una dignidad intacta que impacta. Alrededor de donde pernocta hay no menos de diez iglesias, capillas y sedes canónicas de hermandades penitenciales que se llenan estos días de Cuaresma con cultos solemnes repletos de fieles que vienen al Centro de todos los barrios de la ciudad. Él mismo es hermano de un par de cofradías con las que tenía vínculos familiares, aunque dejó de pagar las cuotas cuando las cosas se torcieron.
Su historia es real, aunque no mencione el nombre ni la profesión que quiere volver a ejercer para salir de la calle y la angustia de no saber cada jornada donde pasará la noche. Se me vino a la mente el domingo V del tiempo ordinario, antes de Carnaval, cuando se leyó en la misa al profeta Isaias: “El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; compartir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no despreocuparte de tu hermano” (Is 58, 6-7).
Él es uno de los pobres sin techo que el profeta exhorta a hospedar. No en ningún sentido metafórico sino muy real, tan real como el frío, la lluvia, el calor, el miedo y la soledad que le muerden los talones cada día. Que esta Cuaresma nos dejemos conmover con las personas sin hogar para que, al menos, ayunemos de prejuicios y miradas torvas entre temerosas y displicentes hacia los hermanos que carecen de hogar.



