Creo que vivimos en una sociedad que nos exige todo. Nos exige llenar nuestro tiempo de muchas cosas: redes sociales, actividades, deportes, programas de televisión, etc. Nos empuja mediante influencias hacia un lado u otro y nos presenta modelos sociales que parecen siempre difíciles de alcanzar. El año pasado, el número de influencers aumentó un 16 % respecto a 2024, y esto indica que, como sociedad, ya no sabemos bien en qué fijarnos ni hacia qué aspirar.
La Iglesia nos invita a ser otro tipo de influencer. Nos llama a crear una influencia diferente, basada en el amor y el servicio en lo pequeño y en lo cotidiano. Tal vez te preguntes: ¿y esto, a dónde me lleva? Pues nos lleva a ser santos. Y quizá vuelvas a preguntarte: ¿crees que es tan fácil ser santo hoy en día? Yo te respondería: ¿de qué tipo de santo hablamos?
La meta en la vida de un cristiano es la santidad. Sin embargo, muchas veces la hemos confundido con algo de otro mundo, lejano e inalcanzable. Yo creo en los “santos del lavavajillas”: aquellos que, en su día a día, ayudan, aman y sirven a quienes les rodean, no de forma utópica o extrema, sino en lo pequeño. Personas que saben ayudar en casa, dedicar tiempo a las relaciones importantes y priorizar a unos frente a otros según la necesidad.
Mi abuelo, que falleció hace ya tiempo, fue para mí un hombre santo. ¿Y por qué? Lo recuerdo de forma sencilla: amando a su familia con sinceridad y honestidad, sonriendo, estando presente en los momentos de dolor de sus nietos, siempre interesado por la vida de los demás, tranquilo, en paz. ¿Acaso eso no es ser santo?
Dejemos de ver la santidad como algo inalcanzable y empecemos a ser santos para quienes nos rodean. Tener una meta no significa que no podamos volver a correr otra carrera; significa saber hacia dónde caminar.



