Nadie te prepara para cuando la misión te rompe los esquemas. Llegas con tus planes, tus seguridades, tus ideas de cómo deberían ser las cosas… y de pronto nada encaja. Pero justo ahí empieza lo real: cuando Dios te descoloca.

Aprendes que no todo depende de ti, que la fe no se mide por resultados, que servir es dejar espacio. Que la misión no consiste en “hacer mucho”, sino en dejarte enviar.

A veces nos cuesta, porque preferimos tener el control, incluso en lo espiritual. Pero el Evangelio no se vive desde el despacho del alma, sino desde el barro de la vida.

Los jóvenes de hoy también conocemos ese vértigo: futuro incierto, miedos, preguntas. Pero quizá la clave no esté en asegurarlo todo, sino en atreverse a perder el equilibrio por algo, o más bien Alguien, que valga la pena.

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