Profundizar en el sentido de las palabras nos permite habitar la realidad con un mayor compromiso. En estos días de Navidad, que han de ser de celebración y esperanza pero también de recogimiento y reflexión, me gustaría poner en el centro de nuestras mesas el bellísimo verbo “recordar”.
Si atendemos a su significado etimológico, recordar procede de la unión del sustantivo latino “cord, cordis” (corazón) con el prefijo “re” (“volver a”). Recordar es, por tanto, volver a pasar por el corazón. Recuperando la consciencia de un niño pequeño que recibe por primera vez la Buena Noticia, volvamos a pasarla por el corazón.
San Lucas nos explica que Jesús de Nazaret nace en Belén porque sus padres, José y María, acuden allí para empadronarse. Llegándole a María en esos días el momento del parto, el joven matrimonio se acerca a una posada donde son rechazados. Sin poder encontrar otro lugar, María acaba alumbrando a nuestro Salvador en un pesebre, una especie de cajón destinado a dar de comer a los animales.
A los pocos días del nacimiento, sabemos por San Mateo, que un ángel se le aparece en sueños a José y le dice que huya con María y el pequeño Jesús a Egipto, porque Herodes buscará al Niño para matarlo. Así, los primeros pasos de Jesús son los pasos de quien huye del terror y la injusticia.
En definitiva, nuestro Señor, aparece en la historia para alumbrarnos el Reino envuelto en la fragilidad de unos pañales, rodeado de animales, en un portal cualquiera de la pequeña aldea de Belén. Pasar su nacimiento por nuestro corazón es, en estos días, una forma de agacharnos y reconocer ante Él nuestra pequeñez, para dejarnos iluminar por Su vida y ser, en este mundo, mejores testigos de Su gloria



