Leyendo el periódico, me detuve con estupor ante un titular que me ha asombrado (por no decir asustado): “¿Qué regalarle a tu perro o gato en Navidad? Consejos útiles sobre ropa y accesorios”. Automáticamente asocié este encabezado con un estudio publicado en Anthrozoös (una revista académica que estudia las relaciones entre seres humanos y animales) que revelaba como alrededor del 40% de las personas entrevistadas elegiría salvar a su mascota antes que a un ser humano desconocido. La investigación concluía afirmando que nuestras decisiones morales no están guiadas por la biología, sino por la intensidad emotiva, y cómo ahora los animales domésticos han llegado a ser parte del círculo moral de la familia como verdaderos y propios integrantes a defender y custodiar.
¿Qué valor puede tener entonces la vida humana, si ahora se prefiere defender la de los animales? ¿Cuántas veces escuchamos hoy hablar con superficialidad del aborto, mientras crea más escándalo un oso abatido por un cazador en las montañas?
En Navidad, debemos poner nuevamente la Vida en el centro, con V mayúscula. Tengamos siempre presente que ¡el Hijo de Dios se hizo hombre! Y no una mula o un buey. Ciertamente también ellos estaban en el establo viviendo de cerca el momento del nacimiento, pero el nacimiento del Hijo de Dios en un Niño, simple e indefenso, expuesto a merced de todos en un pesebre, de donde se alimentan las bestias. Han pasado más de 2000 años, pero, paradójicamente, parece que también hoy se prefiera colocar al ser humano en el pesebre para alimentar a los animales, desviando la atención del hombre y dirigiéndola hacia el animal.
Pues bien, la Navidad nos llama precisamente a centrarnos en el Niño, en el Hijo del Hombre, y nos recuerda que los Reyes Magos siguieron la estrella para entregarle los regalos a Él, al Infante, y no a la mula y al buey



