El otro día vi un par de capítulos de una serie Animal. Contaba la historia de un veterinario que, debido a la crisis de las granjas en la zona rural, se ve obligado a aceptar un trabajo en una tienda boutique con clínica para mascotas. Al llegar, le dan una formación en la que le explican la importancia de que los clientes salgan satisfechos y pulsen el botón de la “sonrisa”, para que quieran volver y estén contentos con el trato recibido.

Cuando empieza a pasar consulta, se sorprende por las demandas de algunos dueños de las mascotas. Él, aplicando sus criterios médicos, intenta hacerles ver que están equivocados en muchos planteamientos. Esto provoca que varios clientes abandonen la clínica con cara triste, lo que le acarrea problemas con la dirección. Así comienza su lucha interna entre decir lo que considera correcto y hacer lo que debe, o decir lo que los clientes quieren escuchar.

Esta escena abre un debate que se extiende a muchos ámbitos de nuestra vida, de nuestras instituciones y de nuestra sociedad: la tensión entre ser coherentes con lo que creemos y debemos hacer, o dejarnos llevar por los intereses económicos, sociales o de prestigio que nos rodean.

Quizás esta sea una de las tensiones más profundas que vivimos actualmente, tanto a nivel personal como institucional: ser fieles a lo que somos y asumir las consecuencias, o adaptarnos a lo que nos conviene, renunciando a nuestra esencia.

Tal vez, como en tantas cosas, se trate de buscar el equilibrio y los matices. Quizás pueda ayudarnos volver a la esencia de nuestra existencia —personal o institucional—, reconociendo qué es irrenunciable y qué pertenece a lo accesorio.

Y aquí surge la pregunta clave: ¿Cuál es la esencia de mi vida, de nuestras instituciones, a la que no estamos dispuestos a renunciar?

¡Adelante!

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