Seguramente, la mayoría de nosotros hemos visto sacerdotes que son muy rigurosos con la Liturgia. Que cuidan la misa de forma milimétrica en cada movimiento del cuerpo y hasta en el timbre de voz, de tal forma que si no estás acostumbrado puede rozar la teatralidad, agradando al muy creyente y provocando murmullos entre los no creyentes. Y por otro lado, también podemos haber asistido a misas donde el sacerdote desenfadado se inventa la misa, cuenta bromas y chascarrillos y poco se parece a lo que el común de los mortales llamamos una misa normal, y también con algo de teatralidad, agradando al no creyente e indignando al creyente.
Y quizás aquí está el problema, y una de las grandes tensiones de la pastoral, seas o no seas cura. Es la tensión -y también la tentación- de pensar que tú eres el centro de todo. Y que si te quieren a ti, querrán a Dios, lo cuál es algo peligroso. Evidentemente todo ayuda, pero la realidad es que -al menos en pastoral- debemos ayudar a las personas a conectar con Dios, no con nuestra excentricidad o con nuestra oratoria, que seguro que es maravillosa. Lo visible debe apuntar a lo invisible, al misterio de Dios que nos invita y nos convoca.
El objetivo de las celebraciones y de la pastoral no es que hablen muy bien de ti, sino que la gente se encuentre con Jesús. En definitiva, ser transparente a la voluntad del Dios, y también al misterio de Dios que nos desborda y que nos invita a ser mejores.









