Hoy todo hay que sentirlo. Y sentirlo mucho. La fe, la cultura, el ocio, la política… Se decide en función del humor o la sensación de bienestar. Se reduce el amor a una emoción. Y se vota con el sentimiento (generalmente, cabreo y menos a menudo entusiasmo, aunque aún quedan fervorosos que han convertido la afiliación en devoción). Se opina con las vísceras. El criterio de verdad es «lo que a mí me parece». El argumento irrebatible para tomar decisiones es lo que el corazón te diga. La exageración es válida, y punto. Las reacciones desproporcionadas también lo son, si encajan en lo que uno quiere que sea el mundo. El análisis de los hechos no debe estropear un argumento emotivo. Del estímulo emocional a la declaración pública (en forma de tuit muy a menudo) no hay jornada de reflexión –de hecho, no hay ni medio minuto–. Cuanto más grueso el lenguaje más fácil es que genere crispación, enfado o júbilo. ¿Qué más da la realidad? ¿Qué más dan los problemas reales? ¿Qué más da el matiz? Solo la emoción. Pura y dura. Hoy no parece haber mucho más que eso. Pero la emoción nos hace manipulables, y por lo mismo, cautivos.

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PastoralSJ
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