El mundo de la cultura dice adiós a Johny Hallyday. Viejo rockero capaz de llenar estadios durante décadas y convertirse en el referente de la música francesa para varias generaciones. Un hombre que se adapta perfectamente al concepto de carroza: espíritu autoproclamado joven con una estética pasada de moda en un cuerpo incapaz de regatear el paso del tiempo. Aunque no murió antes de tiempo, su vida sí ha estado acompañada de un éxito abrumador y de un amplio repertorio sentimental con alguna que otra adicción. Sus numerosos premios y millones de discos no logran ocultar una biografía en la que él reconocimiento público convivió con la fragilidad personal.
La historia de la cultura tiene mucho de esto. Etapas grises que se convierten en caldo de cultivo para la excelencia artística. La lista no se limita solo a leyendas contemporáneas, Cervantes escribió parte del El Quijote estando preso, Picasso pintó el Guernica consternado por la guerra, Händel compuso El Mesías después de sufrir un ictus y la movida madrileña surgió de una generación aparentemente sin futuro. El arte puede ser, muchas veces sin quererlo, el mejor modo de expresar una pasión por la vida cuando todo lo demás invita a la desesperación.
Johny Hallyday representa un personaje de los que ya no quedan. Un mito consciente de que su vida no es políticamente correcta pero encuentra el sentido en su propia incoherencia. A pesar de todo, su música pudo sobreponerse a las modas y mantenerse como banda sonora para millones de galos. Y sobre todo, su obra muestra cómo entre tanta contradicción hay una parte que le lleva a sacar lo mejor de sí mismo, a entregarse a sus fans más allá de la propia vulnerabilidad y a buscar su esencia más auténtica. Seguramente no es el referente ideal para nuestro jóvenes, pero su legado nos enseña que la cultura no muere si es capaz de mostrar su mejor versión.



