La fe más auténtica no siempre se enseña con discursos, a veces son los gestos sencillos, repetidos día a día, los que acaban dejando huella. Esa es la fe que nos han transmitido nuestros mayores: una fe hecha vida, cotidiana, ejemplo y confianza. En mi pueblo la escucho en boca de mis padres y de tantos mayores que, aunque a veces sean pocos los que acuden a misa los domingos, saben muy bien que cuando no van “les falta algo”. Porque la fe, cuando es verdadera, se nota en el corazón.
Es una fe profundamente mariana, una devoción entrañable a la Virgen, con la que dialogan como con una Madre cercana. Le hablan con confianza total y le piden todo, sin miedo ni reservas. Y lo hacen convencidos de que Ella siempre responde. Que nos vamos de viaje de estudios con los alumnos, no lloverá: mi madre y la Virgen ya se encargan. Que los hijos tienen exámenes, ahí están ellas intercediendo. Mis hijos, ya mayores, están convencidos que mi madre, su abuela, tiene acceso directo con la Virgen y que dialogan como amigas y que se ayudan siempre porque se quieren y son buenas. La fe acompaña cada momento de la vida cotidiana y se vive con una gran naturalidad.
Los hijos y los nietos crecemos viendo esa fe que no necesita grandes palabras. La vemos en la seguridad con la que rezan, en la paz con la que confían, en la alegría con la que agradecen, en el amor que nos dan. Aprendemos que Dios está presente en todo y que María cuida de los suyos.
Qué alegría descubrir que, en cuestiones de fe, nuestros mayores siguen siendo los mejores maestros. Porque nos enseñan con los hechos, no con teorías, y nos regalan una fe viva que se ve, se siente y se contagia.
