Y vuelve a brillar el sol… Se alejan el viento huracanado y las nubes negras. Algunos árboles han caído; otros, los de raíces más profundas, permanecen firmes, con una firmeza sencilla y humilde. Esta imagen nos invita a mirar nuestra propia vida y reconocer nuestra vulnerabilidad. La fragilidad forma parte de nuestra naturaleza. Y, sin embargo, no es solo límite: es también lugar sagrado, porque precisamente ahí Dios suele susurrar más hondo.
San Ignacio de Loyola lo experimentó en primera persona. No encontró a Dios en los sueños de caballero, sino en la herida que lo dejó inmóvil. Fue en su vulnerabilidad donde comenzó su camino verdadero. También nosotros, por mucho que vivamos y aprendamos, seguimos siendo eternos principiantes. Esa mirada de principiantes nos permite valorar cada día como si fuera el primero y renovar nuestra confianza en el plan de Dios.
Aprender y reaprender implica equivocarnos, caer, frustrarnos, pedir perdón y aprender a perdonar. Todo ello nos hace vulnerables, pero también profundamente humanos. Detrás de cada fachada de seguridad hay una fragilidad que tiembla cuando el viento sopla fuerte. Y es justamente ahí, en nuestra cruz cotidiana, donde se revela nuestro yo más auténtico y donde nos encontramos con el prójimo tal y como somos.
Construyamos una cultura no solo de misión compartida, sino también de vulnerabilidad compartida. Compartida para acompañarnos, discernir juntos y ayudarnos a crecer. Porque el viento volverá. Y arrasará con mucho. Pero lo que no podrá llevarse es ese Amor que nos habita y nos sostiene. Ese amor de principiante, que cada día vuelve a empezar. Ese amor que, aun en la fragilidad, nos recuerda que Dios sigue obrando en nosotros. Y que, a pesar del viento, de las dudas, de las tensiones, Él sigue tejiendo su Plan.



