No es fácil darse cuenta ni tomar conciencia de cuál es nuestra mirada ante el mundo, las personas y las situaciones cotidianas.

A menudo lo descubrimos cuando alguien nuevo irrumpe en nuestras vidas y, sin saberlo, nos ofrece una nueva perspectiva. A veces, esa llegada nos invita a la introspección y preguntarnos cómo estamos viendo lo externo.

Y es que no es sencillo. Cuando encontramos algo en nosotros que no nos gusta, algo se rompe por dentro: esa paz interior que tan frágil y escurridiza se vuelve hoy en día.

Descubrir una herida implica un trabajo personal profundo, si realmente deseamos sanarla bien. Debemos volver al origen, entender el porqué, y abrirnos al cómo transformarlo.

No es tarea fácil, tal vez lo más complicado sea mantener el compromiso con uno mismo y sostener, día a día, la voluntad de cambiar; pero es posible.

San Ignacio nos regaló una herramienta sencilla y poderosa: el examen ignaciano. Una práctica que nos ayuda a revisar el día con los ojos de Dios, a tomar conciencia, reconocernos, reconciliarnos y agradecer.

Ánimo a quienes aún sientan cuentas pendientes con su interior a probarlo, porque la mirada con la que miramos es la que nos mira desde lo que vemos, y cuánto más se parezca a la del Señor, más cerca estaremos de esa paz que tanto anhelamos.

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