Aquí, en medio de la selva, la Navidad no tiene escaparates ni luces de colores. Las noches son oscuras y el cielo, inmenso. Pero en esa oscuridad se siente una luz distinta: la de las hogueras encendidas, la de las familias que comparten lo poco que tienen, la de los niños que ríen sin haber visto nunca un árbol adornado. Esa es la luz que me recuerda el corazón del Evangelio.
El brillo deslumbra, pero la luz ilumina. El brillo se apaga pronto; la luz permanece en el alma. En Belén tampoco hubo adornos ni ruidos: sólo un Niño envuelto en pañales y unos padres cansados que confiaban en Dios. Allí, en lo pequeño y en lo pobre, comenzó todo.
Quizá el mensaje de esta Navidad sea volver a esa sencillez. Menos brillo y más luz. Menos gasto y más abrazo. Menos ruido y más silencio para escuchar a Dios que sigue naciendo entre nosotros, en el corazón de la selva, en cada vida sencilla donde la esperanza se niega a morir.
“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz” (Is 9,1).
Que esa luz, la del Niño de Belén, siga encendiéndose también aquí, entre los árboles, los ríos y la gente buena que confía cada día en Dios.



