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Las promesas del Sagrado Corazón

Cuando San Ignacio plantea la contemplación de la Encarnación en los Ejercicios Espirituales, nos hace imaginar como la Santísima Trinidad mira el mundo. Las Tres Personas Divinas no encuentran en su creación esa bondad que jalona el relato de los siete días de la creación. Ven una maldad y un pecado que separa a sus criaturas entre sí, las destruye y las aleja de su Creador. Pero, en lugar de airarse, se inunda de una misericordia que obra la redención. Y así, desde la ruina que es el pecado de los hombres, tiene origen la redención. Es el obrar de Dios, que restaura, abre caminos en medio de imposibles, derramando sus bendiciones.
En torno al año 1675, en Paray-le-Monial, Jesús se revela a una monja salesa: Santa Margarita María de Alacoque, mostrándole su corazón herido, agotado y consumido por amor a la humanidad. Haciéndole ver que, como correspondencia, recibe de la mayor parte de ellos ingratitudes y menosprecios.
Pero, lejos de amenazar, castigar, o alejarse, como haríamos los seres humanos, Jesús responde a esta realidad de un modo profundamente evangélico: devolviendo bien por mal, que coincide con la entraña de la espiritualidad ignaciana de la Contemplación de la Encarnación. El Sagrado Corazón hace sus famosas promesas de gracia, paz, consuelo, amparo, bendición, misericordia, fervor, perfección, perseverancia y de escribir nuestro nombre en su Corazón. Como siempre, un derroche de amor que desciende de Dios, como del sol descienden los rayos y de la fuente las aguas.
A lo largo de este tiempo de Pascua, en pastoralsj, vamos a tratar de hablar de estas promesas desde las circunstancias y el lenguaje actuales, entendiéndolas dentro de lo que San Ignacio considera los verdaderos y santísimos efectos de la Resurrección.

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