Hay una pregunta que no solemos hacernos cuando hablamos de responsabilidad y poder: ¿qué ocurre cuando dejamos de contar con la confianza de los que nos llevaron a tener esa responsabilidad? Y es que una cosa es ocupar una posición de autoridad y otra muy distinta es ejercerla.
Lo vemos en política, donde algunos dirigentes parecen dispuestos a mantenerse en sus puestos incluso cuando buena parte de quienes los llevaron hasta allí han dejado de confiar en ellos. Pero no es una cuestión exclusivamente política. También sucede en las empresas, en los equipos o en nuestras propias relaciones. A veces nos cuesta aceptar que ya no somos tan influyentes, que nuestra opinión ya no tiene el mismo peso o que nuestras decisiones han dejado de convencer. Sencillamente, ha llegado el momento de dar un paso atrás.
Quizá el problema está en que confundimos responsabilidad con perpetuidad. Pensamos que, por haber tenido una responsabilidad, tenemos derecho a conservarla. ¿Pero por qué nos cuesta tanto reconocer que hemos perdido la confianza de los demás o que necesitamos un relevo?
En mi opinión, el poder no debería convertirse en un fin ya que la responsabilidad implica servicio, y el servicio exige pensar más en los demás que en uno mismo.
Quizá la verdadera medida de la responsabilidad y el liderazgo de una persona no esté en cuánto tiempo consigue mantenerse en el poder, sino en su capacidad para reconocer cuándo ha llegado el momento de dejarlo.
