reflexión

María

Una mujer capaz de ver distinto

«Dijo María: 'He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra'. Y el ángel, dejándola, se fue.» (Lc 1, 38)

 

Donde todos hubiesen visto una locura, María vio un horizonte. Donde muchos hubiesen visto una trasgresión, ella intuyó la promesa de Dios. Donde tantos se hubiesen estremecido ante la perspectiva y hubiesen exigido más pruebas, más seguridades o más garantías, ella exclamó: «Hágase». Donde la ley era la referencia y la condena, ella fue capaz de cantar la grandeza del Dios que está con los más pequeños y da la vuelta a todos los órdenes establecidos. Donde todo era convencional, María, con una acogida hecha al tiempo de ignorancia y valentía, de confianza y entrega, fue capaz de colaborar con Dios de un modo radical.

Pedimos a Dios, a imagen de María, ser capaces de decir en nuestra vida: «Hágase».

¿Y cuál es para mí el anuncio del ángel?

Anunciación

 

¿Y cómo diría yo 

lo que un ángel desbarata?

Fue como tener seguras las paredes de la casa

y en un vendaval sin ruido

ver que el techo se levanta

y entra Dios hasta la alcoba, diciendo:

 

“Llena de gracia,

no me levantes paredes

ni pongas muro a tu casa

que por entrar en tu historia

me salto yo las murallas.

Si Virgen, vas a ser madre

Si esposa, mi enamorada.

Si libre, por libre quiero

que digas: “HE aquí la esclava”.

 

“He aquí la esclava”, le dije

y se quedó mi palabra sencilla

sencillamente arrodillada

 

José Luis Blanco Vega, sj

 

Madre de Dios, madre nuestra

«Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: 'Mujer, ahí tienes a tu hijo'. Luego dice al discípulo: 'Ahí tienes a tu madre'.» (Jn 19, 26-27)

 

Quizás esto, más que ninguna otra cosa, nos habla de encarnación, de la manera de Dios de hacer las cosas. Un Dios con una madre, como tú, como yo. ¿No te deja un poco sorprendido esa imagen? El eterno, el todopoderoso, el Dios que todo lo sabe, hijo de una mujer, como tú, como yo… Y si Jesús refleja para nosotros el modo de ser personas a que estamos llamados, María, en su maternidad absoluta, nos acerca también muy densamente a esa humanidad. Porque ella es, como tú, como yo, una mujer de carne y hueso. Una mujer que, abrazando con pasión y con un amor radical la buena nueva del Emmanuel se convirtió en portadora de un amor capaz de salir de sí mismo. En la entrega radical de Jesús, y la aceptación de María, al pie de la cruz, se forja un lazo de amor, una forma de dar todo lo que uno tiene, que es en nuestro mundo exponente de la lógica distinta del evangelio.

Pedimos a Dios que nos enseñe a vivir arraigados en ese amor capaz de dar lo que más quiere.

De algún modo yo, y tú, estamos llamados a vivir, como María, desde esa maternidad (la que necesitamos de otros y la que podemos dar).

Decir tu nombre, María

 

Decir tu nombre, María, 

es decir que la Pobreza 

compra los ojos de Dios.

Decir tu nombre, María, 

es decir que la Promesa 

sabe a leche de mujer.

Decir tu nombre, María, 

es decir que nuestra carne 

viste el silencio del Verbo.

Decir tu nombre, María, 

es decir que el Reino viene 

caminando con la Historia.

Decir tu nombre, María, 

es decir junto a la Cruz 

y en las llamas del Espíritu.

Decir tu nombre, María, 

es decir que todo nombre 

puede estar lleno de Gracia.

Decir tu nombre, María,

es decir que toda suerte

puede ser también Su Pascua.

Decir tu nombre, María, 

es decirte toda Suya, 

Causa de Nuestra Alegría.

 

Pedro Casaldáliga

 

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