
reflexión
Manos
Manos que acaricien
«Un leproso se acercó a Jesús, suplicándole: 'Si quieres, puedes limpiarme'. Extendió su mano, le tocó y le dijo: 'Quiero; queda limpio'». (Mc 2, 40-41)
¡Qué importante es decir 'te quiero' con gestos, y no sólo con palabras! Qué importante es tocar la realidad, expresar la ternura. Qué elocuente es apretar el hombro del amigo, rozar con delicadeza el semblante de quien se siente abrumado. Qué delicado es enjugar una lágrima ajena. Qué expresivo el aplauso cuando es sincero, el saludo que anticipa un encuentro ya esperado, el beso lanzado a distancia, en el aire, a quien se quiere... Qué necesaria la mano familiar en la frente del enfermo, o la mano firme y suave a un tiempo que trata la herida.
¿Qué o a quién acaricio yo?
Cómo decir de pronto:
tómame entre las manos,
no me dejes caer. Te necesito:
acepta este milagro.
Tenemos que aprender a no asombrarnos
de habernos encontrado, de que la vida pueda estar de pronto
en el silencio o la mirada.
Tenemos que aprender a ser felices,
a no extrañarnos
de tener algo nuestro.
Tenemos que aprender a no temernos
y a no asustarnos
y a estar seguros.
Y a no causarnos daño.
Julia Prilutzky Farny
Manos que construyan
«Dicho esto, Jesús escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego. Él fue, se lavó y volvió ya viendo». (Jn 9, 6-7)
Ponerse 'manos a la obra', es una expresión acertada y precisa. No hay que quedarse elucubrando sobre las cosas, divagando sobre lo humano y lo divino, especulando con ideas piadosas. A veces sobran en nuestro mundo grandes proyectos, pero siempre faltan manos abiertas, manos tendidas, manos activas, dispuestas a ensuciarse, a gastarse y agrietarse en el esfuerzo por construir, por abrir las puertas de las prisiones injustas. Siempre son necesarias manos capaces de reconciliar y de tirar de quien está más abajo, más roto, más herido; manos capaces de soportar la carga común y la carga ajena. La de quien no tiene quien le ayude o quien le defienda. La de quien no tiene fuerzas, ni esperanza.
Y tú, ¿qué construyes? ¿qué sostienes? ¿qué defiendes? ¿qué levantas?
Las manos son lo mejor que indica el avance del tiempo.
Las manos, que antes de los veinte años empiezan a envejecer.
Las manos, que no se cansan de investigar ni darse por vencidas.
Las manos, que se alzan triunfantes y luego descienden derrotadas.
Las manos, que tocan las transparencias de la tierra.
Que se posan tímidas y breves.
Que no saben y presienten que no saben.
Que indican el límite del sueño.
Que planean la dimensión del futuro.
Estas manos, que conozco y sin embargo me confunden.
Estas manos, que me dijeron una vez: –tienta y escapa–.
Estas manos, que ya vuelven presurosas a la infancia.
Estas manos, que no se cansan de abofetear a las tinieblas.
Estas manos, que solamente han palpado cosas reales.
Estas manos, que ya casi no puedo dominar.
Estas manos, que la vejez ha vuelto de colores.
Estas manos, que marcan los límites del tiempo.
Que se levantan y de nuevo buscan el sitio.
Que señalan y quedan temblorosas.
Que saben que hay música aun entre sus dedos.
Estas manos, que ayudan ahora a sujetarse.
Estas manos, que se alargan y tocan el encuentro.
Estas manos, que me piden, cansadas, que ya muera.
Reinaldo Arenas


