La palabra adorar nos parece de otra época. Y a veces resulta como antiguo eso de «adorar». Ya no te digo adorar a alguien distinto de uno mismo… Pero sí. Adorar a Dios, como expresamos de tantas formas estos días, es mucho más que reverenciar una imagen. Es sentir que tu vida quiere respetar su evangelio. Es buscarle, aunque sin atraparle nunca. Es arriesgarte a aprender de su vida. Es lanzarte tras sus huellas. Es reconocer –aun con tantas preguntas como tenemos- su capacidad para darnos respuestas. Es tomártelo en serio. Pues eso, lo sorprendente es que hacerlo nos abre las puertas a una vida mucho más auténtica.
- ¿Qué es, para mí, adorar a Dios?
Escrito a cada momento
Para inventar a Dios, nuestra palabra
busca, dentro del pecho,
su propia semejanza y no lo encuentra,
como las olas de la mar tranquila,
una tras otra, iguales,
quieren la exactitud de lo infinito
medir, al par que cantan...
Y su nombre sin letras,
escrito a cada instante por la espuma,
se borra a cada instante
mecido por la música del agua;
y un eco queda solo en las orillas.
¿Qué número infinito
nos cuenta el corazón?
Cada latido,
otra vez es más dulce, y otra y otra;
otra vez ciegamente desde dentro
va a pronunciar Su nombre.
Y otra vez se ensombrece el pensamiento,
y la voz no le encuentra.
Dentro del pecho está.
Tus hijos somos,
aunque jamás sepamos
decirte la palabra exacta y tuya,
que repite en el alma el dulce y fijo
girar de las estrellas.
(Leopoldo Panero)
