Las palabras del papa Francisco —«Quien hace la guerra olvida su humanidad»— son para mí una verdad vivida, sentida y compartida. Decidir tomar la violencia de la guerra como camino significa odiar al otro, al diferente. Significa anteponer la muerte a la vida, la destrucción al nacimiento, la sinrazón a la oportunidad.
A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de trabajar en más de veinte países marcados por el conflicto y la violencia, acompañando comunidades a través de la cooperación internacional. He visto de cerca cómo la guerra arruina vidas, rompe almas y destruye sueños. He visto cómo la violencia de la guerra arrasa la oportunidad de la vida de muchos, por culpa de la obsesión de unos pocos.
Quienes son víctimas de una guerra persiguen en cada segundo su oportunidad para abrazar la paz. La capacidad de resarcirse, de proteger a sus hijos e hijas es incansable. Porque no hay otro camino posible. Porque la guerra solo sirve para quien la ejerce desde la ceguera de una obsesión, desde el poder de la fuerza y desde la falta total de humanidad.
Decidir el camino de la violencia de la guerra para resolver un conflicto es negarse a uno mismo, porque si desprecias la vida del otro, desprecias la tuya misma. Aquellos que deciden ejercer la guerra, se arruinan a ellos mismos.
Hoy, desde mi labor en el ámbito educativo junto a la Compañía de Jesús, sigo creyendo que la educación es la herramienta más poderosa para sembrar esperanza y para recordar, en cada gesto cotidiano, que nadie debería ser reducido al olvido del odio, que todos, todos, todos somos necesarios y tenemos derecho a perseguir nuestros sueños en paz.
Que el testimonio valiente de Francisco nos inspire a seguir caminando junto a los más vulnerables, a confrontar la violencia desde el gesto valiente de la fraternidad.



