Carla Simón se estrenó en la dirección con esta historia profundamente autobiográfica. La película obtuvo el premio a Mejor Ópera Prima en el Festival de Berlín (2017) y tres Goyas, entre ellos Mejor Dirección Novel. Reconocimiento unánime a una voz nueva en el cine europeo.
El trabajo de cámara se coloca a la altura de Frida, la protagonista de seis años. Esa decisión técnica hace que el espectador no solo observe, sino que experimente el mundo desde la mirada de la niña, con sus silencios, juegos y desconciertos. Las niñas (Laia Artigas y Paula Robles) no son actrices profesionales, y eso se nota en la frescura y naturalidad de sus gestos, miradas y diálogos. La dirección de Simón logra que lo improvisado se convierta en pura verdad.
La luz mediterránea baña cada escena. Los colores del verano —campos, bosque, juegos en el agua— contrastan con la frialdad del duelo. Una fotografía que convierte lo cotidiano en memoria sensorial. No hay grandes bandas sonoras ni subrayados musicales. Los sonidos del campo, las risas, los silencios incómodos… construyen un clima que invita a la contemplación y al recogimiento.
Lejos del exceso sentimental, la película apuesta por la sobriedad narrativa. El dolor de la pérdida aparece filtrado por la mirada infantil, que mezcla ingenuidad y dureza en la misma respiración.

