Un simple cordero atado, quieto, humilde. Zurbarán nos recuerda con este lienzo que la fuerza del Evangelio nace de la mansedumbre de Cristo, el Cordero de Dios. No es un cuadro para mirar deprisa, sino para dejar que despierte en nosotros gratitud y confianza, como quien reza en silencio.

Año

1635-1640

Autor

Francisco de Zurbarán

Localización

Museo del Prado, Madrid

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