Hace un tiempo soñé que me moría. Un clásico, a todos nos ha pasado alguna vez, ¿no? En la antesala del Cielo,  un entrañable San Pedro me mostraba, a modo de síntesis, lo que había sido mi vida.  Los hechos quedaban agrupados por temáticas y tiempo invertido: “tantas horas dedicadas a familiares y amigos”; “tantas horas dedicadas a hacer deporte”; “tantas horas dedicadas al estudio y  a la formación…” Me estremecí cuando vi las horas empleadas en las redes sociales. Afortunadamente, me desperté y pude comprobar que todo había quedado en un susto. 

Pero aquél extraño sueño a mitad camino entre chifaldura y profecía me dio que pensar. 

Desde la tórrida ciudad de Río de Janeiro, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa Francisco dedicaba estas palabras a los jóvenes: “Queridos jóvenes, por favor, no balconeen la vida, métanse en ella, Jesús no se quedó en el balcón, se metió.”

Hay muchas formas de balconear la vida, de atravesar la existencia de puntillas, sin mancharnos, tratando de salir ilesos a toda costa. Quizá una de las más tentadoras del mundo de hoy sea la de ver la vida a través de la pantalla. Y digo que puede ser especialmente tentadora porque nos puede llegar a generar la falsa sensación de estar en el epicentro del mundo, enterándonos de todo lo que pasa, posicionándonos de un lado o de otro según nuestros ideales. Pero lo cierto es que compartir una story en contra de los combustibles fósiles no nos convierte, necesariamente, en personas ecológicas. La partida de la vida se juega al otro lado de la pantalla, en la vida real. 

¿Empezamos? ¿Por dónde? Por vos y por mí. Cada uno, en silencio otra vez, pregúntese si tengo que empezar por mí, por dónde empiezo. Cada uno abra su corazón para que Jesús les diga por dónde empiezo. ¡Pongámonos manos a la obra!

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