“Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano; iba a decir lo místico, pero no es lo místico. Me da pena que necesiten creer en algo y se agarren a la fe cristiana”. Fueron las palabras de Silvia Abril al hablar de Los Domingos antes de los Goya.
Evitando la opinión personal que me merecen estas palabras, me quedo con la resistencia a aceptar un hecho como es que la fe no haya desaparecido, sino que esté presente entre los ámbitos de las muchas realidades (unas más minoritarias y otras menos) que sirven de referencia a los jóvenes y a la sociedad digital de hoy.
Pero, más allá de lo que ocurre fuera de la Iglesia, creo que es más interesante reflexionar sobre lo que ocurre dentro de ella. Hace poco, un fiel que, dentro de esas polarizaciones tan dañinas, caería dentro de lo “progre”, pretendía hacer ver que no existe el pretendido resurgir de la fe entre la juventud. Pocos días después, otro creyente, al que esas mismas clasificaciones tildarían como “carca”, criticaba el número 9 de Gaudium et Spes, que afirma que “bajo todas estas reivindicaciones se oculta una aspiración más profunda y más universal: las personas y los grupos sociales están sedientos de una vida plena y de una vida libre, digna del hombre”.
Ante esta realidad que nos envuelve y desgasta, mi pregunta es: ¿podemos nosotros, los creyentes, negar lo evidente? Es decir, que Dios sigue actuando y movilizando tanto a los jóvenes como a las personas de buena voluntad. Porque la opinión de una persona no creyente, con sus prejuicios hacia la fe y la Iglesia, no me importa demasiado, ni hace tanto daño como la división interna que nos ciega y nos impide estar atentos a los signos de los tiempos.



