«Mi amado es para mí, y yo para mi amado» (Cant. 2,16). Ésta es la verdad que los religiosos escuchamos en la intimidad del corazón: la razón de ser de nuestra consagración es la pertenencia total al Amado. La iniciativa es del Señor y la respuesta nuestra, pues “Jesús llamó a los que él quiso (…) para que estuvieran con él” (Mc 3,13-14). Permanecer con Jesús, en Él y para Él, es el deseo que polariza nuestra existencia.
Se trata de un amor consagrado, exclusivo y unificado, nunca dividido ni fragmentado; un amor encarnado que nos capacita para amar a todos, como escribía Pedro Casaldáliga: “amar todo, todos, todas”.
Somos pecadores, pero llamados: llamados a ser sal y luz del mundo; a ser con los demás y para los demás; a anunciar con la vida que un mundo más humano y justo sigue siendo posible. Vivimos en comunidad porque creemos en un Dios que es Trinidad, amor y fraternidad. Este amor se concreta en nuestros votos religiosos, nacidos de la libertad de los enamorados y no de la imposición: pobreza para alabar, castidad para reverenciar y obediencia para servir.
Vivimos enamorados porque, como canta San Juan de la Cruz, “el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa”. Un amor casto que es comunión y no fusión; que no domina ni posee, como lo expresa Simone Weil: “amar puramente es consentir la distancia, es adorar la distancia entre uno y lo que se ama”.
Somos menos, sí, pero nuestra esperanza no se apoya en los números ni en el prestigio, sino en Cristo, vida nuestra (cf. Col 3,4), en quien hemos puesto toda nuestra confianza (cf. 2Tm 1,12), para quien “nada es imposible” (Lc 1,37). En esta Jornada Mundial de la Vida Consagrada acogemos la invitación del Papa León XIV a “volver al corazón”, recordando con emoción aquella hora bendita de los inicios, cuando “fuimos y nos quedamos con Jesús… y eran como las cuatro de la tarde” (cf. Jn 1,39).



