Ayer fue la gala de los Goya y, como siempre, se habló de política. Pero esta vez, al ser Los Domingos la gran nominada, se habló además de “lo cristiano”.

Silvia Abril afirmó que le da mucha pena que los jóvenes tengan la necesidad de creer en algo y se agarren a la fe cristiana. Como creyente, no logro entender nada de esta frase.

¿Pena? ¡Qué alegría, Silvia, que haya jóvenes que hayan nacido con el don de creer y otros que lo busquen! Porque esto no va de elegir. Esto va de tener o no tener esa necesidad de Dios. Y esa necesidad de Dios es pura trascendencia que excede lo humano y cualquier elección. En otras palabras: nos vamos a morir todos, pero nosotros de verdad creemos en una vida eterna. Todos (o casi todos) vamos a enfermar, pero nosotros de verdad creemos en la sanación del alma en medio del dolor. Y no solo eso: creer nos ayuda en la crudeza. Creemos en una vocación, creemos en la intercesión. Creemos que no podemos ser la última (y única) Coca-Cola del desierto; sabemos que hay algo más y, “pa’lante”, con todo. Pero con todo de verdad.

Y qué alegría también que los jóvenes no tengan vergüenza de manifestarlo. De ir a misa. De que su vida tenga un significado espiritual. A mí me alegra porque sé lo que es; pero, desde una perspectiva social, a todos también debería reconfortarnos. Porque vivir en una sociedad libre (que no cristiana) implica que cualquiera pueda manifestar sus creencias sin temor a ser juzgado como si fuera un pánfilo en una alfombra roja de unos conocidos premios.

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PastoralSJ
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