El 15 de mayo de 2026, el Papa León XIV ha publicado su primera gran carta para el mundo, la encíclica Magnifica Humanitas, dedicada a algo que nos toca a todos: cómo seguir siendo profundamente humanos en el tiempo de la inteligencia artificial y la revolución digital. Lejos de ser un texto reservado a especialistas, es una llamada muy clara a mirar de frente lo que la tecnología está haciendo con nuestra vida, nuestra fe, nuestras relaciones y nuestras sociedades.
El punto de partida del Papa es muy sencillo: cada época tiene sus “cosas nuevas”, sus res novae, y la nuestra son la digitalización, la IA, la robótica y la enorme capacidad tecnológica que hemos puesto en marcha . Como hace 135 años León XIII se atrevió a hablar del mundo obrero y de las fábricas en Rerum Novarum, ahora León XIV se asoma a un mundo de algoritmos, datos y pantallas, y nos pregunta sin rodeos hacia dónde queremos ir . No se limita a pedir leyes o normas; antes de todo eso, nos invita a un discernimiento compartido: pensar juntos, creyentes y no creyentes, cuál es el sentido humano de toda esta transformación.
Para ayudarnos a entender el momento que vivimos, el Papa recurre a dos imágenes bíblicas muy fuertes: la torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén. Babel representa la tentación de construir un mundo espectacular, tecnológicamente poderoso, pero levantado sobre el orgullo, la autosuficiencia y la uniformidad que aplasta las diferencias . Es la lógica del “podemos con todo” que prescinde de Dios y convierte al otro en un dato, una estadística o un recurso. Cuando una sociedad se organiza así, termina rompiéndose la comunicación, se confunden las lenguas y la aparente unidad se derrumba en dispersión y soledad . En cambio, la escena de Nehemías, cuando el pueblo regresa del exilio y se pone a reconstruir los muros de Jerusalén, muestra otra manera de construir: cada familia toma un tramo, todos participan, se escucha el miedo de los más frágiles, se reza antes de actuar y se reconoce que la verdadera fuerza viene del Señor. Lo primero que se restauran no son las piedras, sino los vínculos.
León XIV mira nuestra relación con la tecnología desde estas dos imágenes y plantea una disyuntiva muy concreta: no se trata de decir “sí” o “no” a la IA, sino de decidir si con ella vamos a levantar una nueva Babel o a reconstruir Jerusalén. La tecnología, insiste, no es un mal en sí, pero tampoco es neutra; toma el rostro de quienes la diseñan, la financian, la regulan y la usan. Por eso la cuestión clave no es el aparato o el algoritmo en sí, sino el corazón humano que hay detrás y las estructuras de poder que lo orientan. Hoy el poder tecnológico tiene, además, un rostro en gran parte privado y transnacional: ya no son solo los Estados los que marcan el rumbo, sino grandes actores económicos con recursos superiores a muchos gobiernos. Esto hace más difícil ver con claridad qué intereses están guiando el desarrollo de la IA y si verdaderamente buscan el bien común.
En este contexto, el Papa reconoce sin miedo que las nuevas tecnologías han contribuido a mejorar la vida de muchas personas y pueden seguir haciéndolo: pueden curar, conectar, educar, cuidar de la casa común . Pero al mismo tiempo advierte de un riesgo muy serio de deshumanización cuando la lógica tecnocrática lo invade todo: la idolatría del lucro, la obsesión por la eficiencia, la ilusión de un lenguaje único capaz de traducir incluso el misterio de la persona en datos y rendimientos, las nuevas formas de dependencia y control social, la mercantilización de la libertad y del propio tiempo. Desde ahí, no es difícil que surjan también nuevas desigualdades, exclusiones silenciosas y formas de violencia amplificadas por la técnica, como muestra la preocupación que dedica a las armas con IA, la normalización de la guerra y una cultura del poder que no sabe poner límites a la fuerza.
Frente a ese panorama, la encíclica no se queda en la denuncia, sino que propone un camino positivo: “edificar en el bien”. Eso implica, en primer lugar, volver a poner la relación con Dios en el centro, reconociendo que solo en Él se ilumina de verdad el misterio del ser humano y su deseo de plenitud. Implica también aceptar nuestros límites y fragilidades, no como fallos que haya que borrar con tecnología, sino como lugar donde la libertad, la responsabilidad y el cuidado recíproco pueden crecer y madurar. La Iglesia recuerda que el progreso auténtico se mide por la dignidad de cada persona y por el desarrollo integral de todos los pueblos, no por la carrera del “más rápido” o “más potente”. Nadie se salva solo ni saca adelante este tiempo por sí mismo: cada cual tiene su tramo de muralla que reconstruir, desde investigadores y empresarios hasta educadores, legisladores, familias y comunidades de fe.
En uno de los números más citados del texto, el Papa afirma que, en la era de la inteligencia artificial, cuando la dignidad humana corre el riesgo de ser eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y que ha sido revelada plenamente en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor. Dicho en otras palabras: ninguna IA puede amar como ama un corazón humano, ninguna puede asumir el dolor del otro, perdonar de verdad, dar la vida. La verdadera novedad de la historia sigue siendo el Verbo hecho carne, no la última versión de un modelo informático.
Hacia el final de la introducción, León XIV se dirige directamente a los fieles católicos, a todos los cristianos y a cualquier persona de buena voluntad con un llamamiento muy concreto: no tener miedo de “ensuciarnos las manos” en la obra de nuestro tiempo. Como Nehemías, estamos llamados a orar, a pensar con sabiduría, a trabajar con perseverancia, poniendo a Dios en el horizonte de nuestro actuar y al ser humano en el centro de nuestras decisiones. Solo así las piedras que hoy el sistema descarta —los pobres, los enfermos, los migrantes, los pequeños— podrán convertirse en verdaderas piedras angulares de un hogar común sólido y hospitalario. El Papa lo resume en una frase que encaja muy bien con todo el espíritu de Magnifica Humanitas: se nos invita a ser constructores de comunión, no arquitectos de Babel; servidores del Reino que viene, no dueños de torres destinadas a derrumbarse.
Para quienes vivimos y trabajamos en la evangelización digital, esta encíclica es mucho más que un comentario sobre la IA: es una brújula espiritual y pastoral para habitar el mundo conectado sin perder el Evangelio ni la humanidad por el camino. Cada decisión técnica, cada contenido, cada espacio digital que promovemos puede participar del síndrome de Babel —cuando buscamos solo impacto, poder o uniformidad— o del camino de Jerusalén —cuando ponemos en el centro el encuentro real, el cuidado, la fraternidad y la apertura a Dios . En ese cruce de caminos, Magnifica Humanitas nos recuerda que el futuro no está escrito por las máquinas, sino por el corazón con que las usamos.




