Hoy vemos mucho, pero reconocemos poco. Pantallas, datos, experiencias, mensajes… miles de estímulos pasan ante nuestros ojos a gran velocidad, pero rara vez nos concedemos el tiempo necesario para que lo vivido atraviese el corazón. Reconocer no es simplemente ver; es interpretar lo de fuera desde dentro. Reconocer a Dios comienza por aprender a leer la vida propia desde claves más profundas.
Quizá el mayor obstáculo para este reconocimiento no sea la falta de fe. No es que Dios esté ausente; estamos ocupados. La prisa, el ruido, la multitarea o la ansiedad por el rendimiento nos dispersan y nos dejan sin espacio interior. Reconocer implica el paso previo de recuperar soberanía sobre la atención y el deseo, decidir a qué presto escucha y qué dejo pasar.
Dios se reconoce por el poso que deja en mí. ¿Qué me ensancha hacia el amor? ¿Qué me encoge y me repliega sobre mí mismo? La libertad no consiste en sentir lo que quiero, sino en no ser arrastrado por los vientos que me llevan donde no quiero. Lo esencial es acostumbrarme a transitar por ese camino que va de la cabeza al corazón y del corazón a la cabeza.
Y Dios se reconoce en lo concreto: en personas, en decisiones, en la propia historia recorrida con verdad, en la belleza que asombra, en los conflictos que irrumpen. Dios se conmueve y decide encarnarse.
Educar es crear condiciones para que otros aprendan a reconocer: enseñar a mirar, a agradecer, a nombrar lo que pasa, a escuchar, a hacerse cargo de la realidad, a reconocer la dignidad del otro,…. Nuestra tarea docente se juega en si somos capaces de parar la maquinaria y hacer del aula un lugar de humanidad y de encuentro. Ahí, sin ruido, Dios sigue habitando en nosotros y dejando sus huellas. Reconozcámoslas.



