Vivimos inmersos en un mundo que corre demasiado rápido, donde lo inmediato parece más valioso que lo profundo. Las redes sociales, la prisa, la necesidad de mostrar una vida perfecta… todo eso nos va disociando poco a poco de lo real. Entramos sin darnos cuenta en la rueda de la productividad, en la corriente de “cómo debería ser mi vida” según otros, olvidando pararnos a preguntar lo que de verdad importa: ¿qué quiere Dios de mí?, ¿hacia dónde me llama?

La fe nos recuerda que estamos llamados a honrar su plan y a responder con un “sí” confiado. Pero eso no es posible si no aprendemos a escuchar, a dar espacio para que su voz resuene en medio del ruido. No basta con dejar que nos guíe; hace falta confianza para elegirle a Él y su propuesta. Muchas veces, el miedo a decidir nos paraliza. Terminamos dejando que otros decidan por nosotros, arrastrados por la corriente de lo que dicta la sociedad, y así vamos apagando poco a poco nuestra libertad. Nos alejamos entonces de la llamada de Dios a una vida que se construye desde su amor. Y que no se nos pide elegir sin miedo, sino aprender a caminar con Él, confiando que no estamos solos.

Ser libres para elegir radica en confiar en el plan de Dios y así abrirle un espacio para que nos muestre ese plan y saber cómo decirle que sí. 

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