Unas nubes blancas esponjosas se me antojan de algodón para curar las cicatrices del bosque herido, acariciando las cimas con tintura de agua para restañar los costurones que ha infligido el pavoroso incendio de finales de julio entre Madrid y Ávila.
Cuánta desolación por la carretera negra aún de hollín, cuánta destrucción, cuánta muerte negruzca imposible de blanquear. Pero la contemplación detenida del paisaje me depara otra mirada. Ahora es un paisaje devastado, de eso no hay duda. Pero como tantos hombres y mujeres a nuestro alrededor también lo están. La naturaleza exhibe la devastación como la vida cotidiana de miles de prójimos nuestros, de aquí a Lima. Pero, a pesar de todo, el paisaje sigue siendo hermoso. Vestido con la hermosura de la dignidad herida, mancillada, calcinada, pero no suprimida. Como los viejos y los enfermos, que pierden facultades pero no por ello dejan de ser menos dignos. Así está nuestro horizonte ahora.
Sé que el paisaje, que antes era casi perfecto en una gama de verdes que ningún pintor podría plasmar jamás en su belleza, es tan imperfecto como yo. Y airea sus quemaduras como mis cicatrices, que siempre van conmigo; esos tocones del alma que aguardan la lluvia de la gracia para reverdecer…
Porque no todo está perdido. Porque la lluvia no cae en vano. Es muy propio de los hombres pensar en la inutilidad que todo aquello que no se amolda a nuestro pensamiento, a la idea concebida en nuestra conciencia, pero la vida siempre encuentra caminos nuevos, otras formas de comenzar, no se desaprovecha nada, sino que todo sirve y la naturaleza se vale de lo que hay para reiniciar la vida. Qué misterio.
No es el botón de reseteo que usamos en nuestros ordenadores sino vericuetos insospechados que, si se miran con atención, empiezan a verse tímidamente aquí y allí: matas de verdor en medio de la negrura del hollín porque la vida -la Vida con mayúsculas, qué caray- es tenaz y se empeña en resurgir. La naturaleza, incluso después de un incendio mayúsculo como éste, es terca y no se deja retorcer el brazo tan fácilmente. Puede que no lo veamos, como no vemos lo que el ojo no puede captar, pero esa vida está empujando otra vez para un nuevo comienzo.
