Deporte y religión

En Julio de 2013 el Club Atlético Mineiro ganó la Copa Libertadores. Tras los abrazos y alegría habituales fueron recibiendo uno a uno las medallas. Después vino la copa que les acreditaba como campeones sin embargo, antes de ser levantada como es costumbre, se juntaron todos, hincaron la rodilla en el suelo y rezaron a una sola voz el “Pai Nosso”.

 Olimpiadas de Londres 2012, tras ganar la medalla de oro en 5000m, la atleta etíope Meseret Defar sumida en un llanto desmesurado, sacó una imagen de la Virgen de su pecho para mostrarla a las cámaras de televisión.

 Francois Pienaar, capitán de la selección sudafricana de rugby, tras el pitido final del partido que les proclamaba campeones del mundo en su propio país en 1995, cayó al suelo de rodillas, agachó la cabeza y levantó su voz a Dios para agradecerle no que hubiesen ganado esa final, sino el haber sido instrumentos de paz para unir negros y blancos al inicio del gobierno de Mandela después del apartheid.

 Usain Bolt, el hombre más rápido de la historia gracias a horas de sudor y sacrificio, antes de cada carrera levanta sus ojos al cielo y señala “al de arriba” porque sabe que, a pesar de la importancia de su entrenamiento, lo que consigue es gracias a unos dones que recibió sin merecer.

 Sólo cuatro ejemplos, no supersticiosos, no de oraciones egoístas pidiendo el triunfo, sino simples actos de agradecimiento que brotan del corazón de quienes saben que, a pesar de darlo todo durante años de esfuerzos, no todo depende de ellos. Nos hemos acostumbrado a manifestaciones religiosas en el mundo del deporte, terminamos desvalorizándolas porque tienen mucho de superstición egoísta, de fundamentalismo, de mera tradición ritual, o por el hecho de no creer que Dios vaya a tomar partido por alguien en una competición. Sin embargo a veces nos sorprenden gestos realmente profundos que rebosan agradecimiento, disponibilidad, aceptación confiada de la bondad de Dios, de súplica desinteresada por el prójimo. 

 En Tanzania, año 2010, me invitaron a jugar un partido de fútbol entre dos equipos de mucha rivalidad. Sin embargo, antes de comenzar el partido los dos equipos nos juntamos en el medio del campo formando un círculo, y uno de ellos comenzó a rezar con palabras muy simples que, creo, resumen todo: “Señor, te pedimos que estés con nosotros durante este partido, que nos ayudes a jugar lo mejor que podamos, que el resultado sea justo, que nadie tenga malas intenciones y que nadie termine lastimándose.” Sólo nos queda decir: Amén.

 

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