Hace bastantes años, siendo un poco más inexperto en esto de la complejidad de las relaciones humanas, vivía con culpabilidad la acusación que alguna vez alguien me hacía de ser más amigo de unas personas que de otras. Yo, según esa acusación, expresada con amable contundencia y despiadada inhumanidad, debía sentir lo mismo por todo el mundo, y llevar una escrupulosa contabilidad afectiva, para no hacer diferencias «que eran incompatibles con una verdadera comunidad cristiana». Entonces aquello me hacía dudar. Esa idealización de las relaciones humanas, ese balance emotivo, esa exigencia de frialdad (pues eso era, al fin y al cabo)… me generaba desazón y me hacía dudar sobre si estaba tratando bien a la gente.

A lo largo de los años he vuelto a encontrar periódicamente esa misma mitificación de las relaciones. Quien exige siempre trae un plan B por si pones objeciones. «No, por supuesto que puedes tener amigos, pero no aquí, no ahora, no en la parroquia, o en el colegio, o en el ámbito en que trabajas (para no mezclar)» y de nuevo la insidiosa sospecha, porque ¿cómo vas a cuidar de todos si hay diferencias? (De poco sirve que expliques entonces que los vínculos surgen donde uno gasta la vida).

Hoy tengo muy claro que la amistad para mí es algo innegociable, y no se construye a base de encajar piezas de un puzzle para que todo esté perfectamente colocado. La amistad es una necesidad profunda, humana, y real (y si es importante en toda vida, no te cuento en la vida de los célibes). No se programa, no se diseña, y no se fuerza. Surge (o no) precisamente allá donde hay encuentro, contacto, convivencia o proyectos comunes. Y como tanto en las relaciones humanas tiene algo de imprevisto, de incontrolable, de gratuito.

Evidentemente, has de intentar tratar a todo el mundo con justicia. Pero no puedes ser amigo de todo el mundo. ¿A quién no le ha ocurrido, que con algunas personas te brota mantener cierta distancia desde el minuto uno (y a veces ni siquiera sabes por qué, pues las afinidades son así de extrañas)? Del mismo modo, tampoco puedes pretender gustar o caer bien a toda la gente. Si el propio Jesús habla de amar a amigos y enemigos, es muy consciente de que no todos los vínculos son fáciles o amables.

Lo que sí puedes es respetar a todos. No hacer diferencias injustas basadas en el afecto. Puedes tratar de querer a todos (aunque evidentemente no llamarías a todo el mundo para compartir una herida, una alegría o un mal rato). Y compartir distintos ámbitos de la vida con distintas personas. Pero, por supuesto, haciendo de la amistad una categoría real, no una mistificación irreal.

El capítulo siete es uno de los capítulos más bellos de Fratelli Tutti, la última encíclica del Papa Francisco. En dicho apartado dedicado a los caminos de reconciliación el Papa nos hace una muy atractiva invitación, vigente para todo tiempo, a ser «artesanos de la paz». Artesanos creativos, con ingenio y audacia, capaces de poner todo nuestro ser y quehacer en buscar caminos de unidad, reencuentro y de reconciliación. Un artesano suele ser una persona de fina sensibilidad, capaz de imaginar y proyectar la belleza desde la simplicidad y la sencillez. Un artesano tiene la gracia y el talento para transformar la realidad en una auténtica experiencia estética. Es capaz de encontrar hermosura hasta en las tonalidades más grises de la vida. Un artesano es, sobre todo, paciente para detenerse en los detalles. Tiene una mirada contemplativa y los sentidos bien despiertos para matizar, contrastar, pulir, detallar, limpiar, corregir y, muchas veces, rehacer sin desesperarse.

Las relaciones humanas no son perfectas, son frágiles. Por más buena disposición que tengamos, más de alguna vez surgen conflictos, diferencias y malentendidos entre nosotros. Frecuentemente a ese artesano se le rompe el hilo con el que tan delicada y sutilmente estaba intentando tejer una relación. Otras veces, simplemente se enredan los hilos y se hacen nudos muy difíciles de desenmarañar; la tentación, movida por nuestra desesperación y deseos de inmediatez, es cortar de tajo todo el hilo, pero no. El artesano es paciente para esperar inclusive años y desenredar para volver a empezar, una vez más, a hilar muy fino y con mayor cuidado. El artesano sabe muy bien que la paciencia es un ejercicio amargo, pero confía en que es un buen camino porque ya ha probado sus dulces frutos de paz.

En este itinerario de tejer relaciones, las rupturas son casi inevitables porque el conflicto suele estar a la orden del día, pero una tarea importante del artesano de la paz es soportar el conflicto, más por amor que por dolor; porque confía en que, aunque la aguja pinche nuestros dedos y duela, al final quedará una exquisita obra de arte capaz de comunicar verdad, bondad y belleza. La paz nunca ha sido la ausencia de conflictos sino la capacidad de encontrarnos y crear comunidad aún en medio de las diferencias. La paz no es sinónimo de hipocresía pacifista. Tampoco es hija de un detallado manual de buenos modales para soportarnos mutuamente porque no nos queda de otra. La paz es ante todo verdad, y la verdad muchas veces supone diferencias, convergencias y divergencias. Silencios. Distancias. Perdones. Reconciliaciones. Ser artesano de la paz es creer en la comunión y comprometerse en construir comunidad; una comunidad unida en la diversidad, sin confusión y sin división.

Hace ya más de un año que comenzó esto del confinamiento y han cambiado tantas cosas que es imposible de contar. Y no solamente han cambiado por fuera, en nuestra manera de vivir. También han cambiado por dentro.

Recuerdo perfectamente el día que nos encerraron. Cómo pasamos de la incertidumbre y el miedo, a vivir como en una película de zombies, para terminar en el cansancio psicológico –y a veces también espiritual–, hasta la vuelta a las calles, pero ya de otra manera.

Yo tuve suerte: no viví la enfermedad demasiado de cerca, y mi trabajo me permitía salir de casa unas pequeñas horas al día. Sobre esto último me quiero centrar. Este año he podido pasear por un Madrid vacío y triste. Tristemente vacío. Con una tranquilidad que se mezclaba con lo siniestro de la situación, con sirenas de ambulancia como banda sonora macabra. Me he paseado la Castellana en modo apocalipsis. No creo que pueda olvidar esa sensación nunca.

Como decía, yo tuve suerte. No solo por el tiempo que se me permitía escapar de mi piso compartido (en el que estaba bien, pero, sinceramente, poder salir un poco se agradecía), sino por el tipo de trabajo que desempeñaba. Durante 66 días (menos alguno) pude acompañar a un grupo de jesuitas que se empeñaron en retransmitir las eucaristías online, como respuesta a una llamada que se hacía patente: había miedo y había soledad. En una capillita nos encontrábamos, comentábamos rápidamente los datos del día y la no-actualidad (todo era igual en las noticias esos días) y preparábamos todo para comenzar. La tensión del directo, los fallos en las retransmisiones y la sensación de pertenecer a una especie de red de apoyo mutuo. Lo cual sabíamos, no por ciencia infusa, sino por un chat en directo en el que cientos de personas escribían y se saludaban unas a otras, con el cariño de formar parte de la misma comunidad. Como si esa misma comunidad llevase viva muchos años. El miedo tiene la extraña capacidad de ayudarte a crear lazos entre quienes lo combaten juntos.

Después de la retransmisión, de la tensión del directo y de nuestros fallitos de aficionados, comentábamos rápidamente nuestra pequeña actualidad cotidiana (en la que cada retransmisión era distinta a la anterior), salía de la capillita, y volvía por el mismo camino espectral de la Castellana rumbo a mi casa en la que me volvía a recluir hasta el día siguiente con esa sensación de estar aportando algo a alguien. Con el corazón lleno de nombres.

Y no solo formábamos parte de una comunidad que nunca imaginamos que existiría. Esas retransmisiones también me acercaron a los míos. En esas cosas que da internet, de hacernos sentir en un mismo lugar a kilómetros de distancia.

Es una evocación extraña. Uno recuerda con cariño esos dos meses y pico que nos hicieron sentir parte de algo más grande que uno mismo. Y, sin embargo, no querría que volviese. Yo tuve suerte: formé parte de esto. Una parte pequeñita.

A muchos, esta situación nos hizo redescubrir la comunidad y su sentido. Cuando faltaba alguien del chat, era común leer a otro alguien preguntando «¿ha venido hoy Fulano?» Qué extrañamente raro. No nos conocíamos, pero sí nos preocupábamos. Y quizá eso es lo único que nos hace falta. Saber que no estamos solos.

Habrá quien se empeñe en repetir que mejor solos. Que cada uno mire por sí mismo. Que sin nadie a quien esperar, uno va más rápido. Que cuidar ya no es trend. Pues vale. Yo sé lo que vi y viví. Y lo que vi es que esos días, solos, nunca lo hubiéramos pasado en mejores condiciones que juntos.

El año que vivimos peligrosamente ha sido una mezcla de muchas cosas. No me gusta ser pesimista y, por supuesto, cada vez está más cerca el final del túnel, pero cuando pienso en este tiempo, «decepción» es la primera palabra que me viene a la cabeza. Sin lugar a dudas, la primera es la decepción ancestral de no entender «por qué Dios permite esto». Pero el «súper hombre» y la «súper mujer» que somos también han dejado mucho que desear.

Este año que vivimos peligrosamente me ha decepcionado no poder despedirme de personas queridas que han muerto. Me ha decepcionado no estar al lado de los que han sufrido y siguen sufriendo. Me ha decepcionado mi conocimiento parcial y edulcorado del sufrimiento (he descubierto que el sufrimiento es insaciable y nunca tiene suficiente). Me ha decepcionado mi (y nuestra) queja adolescente ante el inexorable devenir de la naturaleza. Me ha decepcionado fijarme tanto en el dedo que señala a la luna. Me ha decepcionado olvidarme de mis prioridades cuando el miedo ante un riesgo concreto, conocido, evitable hasta cierto punto me ha paralizado.

Pero este año que vivimos peligrosamente también me ha renovado la esperanza. He visto esperanza en muchas personas que han dado sin medida sabiendo que nunca recibirán nada a cambio por lo que han hecho. He visto esperanza en quienes no se han dejado llevar por el sensacionalismo, los rumores, los impulsos. He visto esperanza en los más golpeados que siguen sin rendirse. He visto esperanza en quien se ha preocupado más de arrimar el hombro que de ejercer su derecho a la queja legítima. He visto esperanza en quien ha confiado en Dios no por lo que queremos que nos dé sino porque se atreve a no abandonarnos aun sabiendo que no tiene las respuestas que buscamos.

El año que vivimos peligrosamente ha sido un baño de realidad. Un baño de realidad sin demasiados analgésicos. Pero lo fundamental no está tanto en el año pasado sino en los que vienen después. Supongo que más de uno hemos tenido la tentación de querer «que todo vuelva a ser como antes». Sin embargo, creo que la gran pregunta es ésta: ahora que sabemos algo más del sufrimiento, ¿cómo vamos a actuar cuando el sufrimiento de los demás se nos muestre en toda su crudeza? ¿Podremos ignorarlo o sabremos compartirlo?

De un tiempo para acá, cuando llega el Día de la Madre, no puedo evitar vivir este día con cierto resquemor. Me entra un poquito de «no sé qué», y no es un «no sé qué» agradable.

Por circunstancias mi marido y yo no hemos tenido hijos. Por un lado, la vida te pone pegas para ello, y por otra parte eres tú quien no terminas de ver claro que haya que forzar algo que, quizás, no tenga que ser. La maternidad es también una vocación que, a veces, no te toca, al menos no como tú la esperabas.

Bueno, lo cierto es que, al principio, fue duro. Y fue duro por dos motivos: no poder tener un hijo fruto del amor; y segundo, porque, en cierta manera, hoy en día una mujer, si no tiene hijos, se la sigue mirando con cierta sospecha, como si fuera rara, como si algo le faltara, como si no encajara con lo que tiene que ser. De repente percibes que el mundo se divide en dos bandos, el de las madres y el de las no-madres, y tú has caído en el «feo» (el de las no-madres).

Durante un tiempo me sentí culpable por no tener hijos. Me sentí una especie de bruja de cuento, al más puro estilo de Maléfica. Era una especie de carga, de vergüenza, como si tuviera que dar explicaciones para justificarme continuamente. Hasta que, un día, una monja josefina a la que recuerdo con mucho cariño me dijo: «tranquila Almudena, hay muchas maneras de dar vida. Y tú puedes dar mucha vida». Y ahí se me encendió la bombillita.

Creo que no solo es madre quien pare. Hay muchas mujeres que deciden dar vida de otra manera, por los motivos que sean.

Se es madre cuando se cuida de la gente que te rodea, cuando dedicas a ellos todo el tiempo que necesitan, cuando les proteges, les acompañas en sus vicisitudes, les escuchas, les hablas, les abrigas con cariño, especialmente en los días en que la vida se viste de gris.
Se es madre cuando se crea, cuando se generan proyectos que ayuden a otros a crecer como personas, cuando se generan ideas que mejoran el mundo, cuando se buscan nuevas y creativas maneras que impulsen una vida de más calidad para todos.
Se es madre cuando se enseña y se educa, cuando se cura, cuando se promete y se cumple, cuando se defiende al débil, cuando se construye, cuando se repara, cuando se inventa, cuando se reza por otros, cuando se investiga y se descubre, cuando se sueña y se procura un futuro mejor para todos y todas.

Pues sí, no he parido, pero cada día intento sembrar un poquito de vida, tanto en mi profesión, como en mi casa y en mi entorno. Y algo brota. Y entonces pienso: pues sí, yo este año también voy a felicitarme en el día de la madre.

¡Felicidades a todas las mujeres que dais vida!