Pedir ayuda es complicado en esta era de autonomía. Sin duda, hay situaciones de emergencia vital donde ni se plantea no hacerlo. Se pide la ayuda porque la alternativa es sucumbir. O, dicho de otro modo, hay quien no puede permitirse elegir si pide ayuda o no. La pide, porque no hay más camino.

Hablo de otras situaciones más cotidianas para muchos de nosotros que tenemos más o menos cubiertas las necesidades básicas, pero debemos seguir escribiendo una historia donde, más allá de la salud, el alimento o el techo, también necesitamos sentido, un hogar, afecto, reconocimiento, escucha, respeto… (cada quién sabe por dónde van sus hambres).Y ahí, pedir es un poco más complejo.

Al pedir apoyo, cariño, acogida, refuerzo o amor te muestras vulnerable. Te expones, incompleto. Te arriesgas. Sí, te arriesgas. Porque algunas cosas se piden, pero no se pueden exigir. Puedes abrirle tu corazón a alguien, y hablarle de tus heridas, y esperar que lo cuide. Pero has de estar preparado para que no lo haga, porque no puede, no sabe, o no quiere. Puedes pedir su tiempo a alguien, mostrando por el camino tu necesidad, pero te puede responder con un no, o con evasivas que son otra forma benévola de rechazo. Puedes contar tu historia, deseando que alguien entre a formar parte de ella, pero no puedes obligar a nadie a quedarse. Puedes contar un proyecto e invitar a alguien a sumarse, pero tienes que estar dispuesto a aceptar que sus proyectos sean otros.

Y aceptar eso es difícil. Aceptarlo sin que te vuelva huraño o resentido. Aceptarlo sin encerrarte en ti mismo. Aceptarlo sin escoger el camino, tal vez difícil pero más seguro, de atrincherarte en tus muros interiores. Aceptar sin rencor ni amargura. Aceptar tu pobreza y seguir confiando.  

Me voy de fiesta, deben pensar. Porque, ¿cómo voy a estar tanto tiempo sin un rato de buen rollo, baile, gritos, copas y amiguetes? Total, soy invulnerable. Total, si lo pillo, será como una gripe. Total, soy más listo que los pringaos que cumplen las restricciones. Total, ¿qué me puede pasar? No son exactamente negacionistas, solo son más listos, más chulos, más libres. Cualquier argumento con tal de que no les corten el rollo.

Da igual que les digas lo que puede ocurrir De sobra lo saben. Quizás hasta retuitearon, hace meses, el anuncio aquel del chaval que por andar de fiesta contagia a su abuela. Pero es compatible todo. El retuiteo razonable y la conducta desquiciada. Las buenas palabras sobre responsabilidad y cuidado, y las fiestas –ahora vespertinas– con alcohol, música, abrazos y homenajes a la vieja normalidad. Sin mascarilla, por favor.

Luego, familias enteras contagiadas. UCI saturadas. Personal sanitario agotado y enfadado -con razón- por tener que estar atendiendo a imprudentes que decidieron que esto no iba con ellos (hasta que fue).

Todo esto está demostrando tres heridas bastante extendidas y que deberían hacernos pensar:
1) La de la falta de responsabilidad que nace de no querer ver las consecuencias de los actos.
2) La de la debilidad de quienes no son capaces de renunciar a las dosis de diversión que exigen como un imperativo categórico (¿será que en lugar de diversión es evasión?).
3) La del egoísmo, puro y duro. Egoísmo de quien elige el riesgo sabiendo que terminará poniendo en peligro también a padres, abuelos, vecinos… y en definitiva contribuyendo a que esta sociedad siga colapsando. Eso sí, entonces la culpa será de los sanitarios o de quien se tercie.

A veces una buena bofetada es lo que necesitaban algunos. Pero lo peor es que, como se te ocurra recriminarles el ir por ahí sin mascarilla, la bofetada, encima, igual te la llevas tú.

¿Recuerdan la cita del evangelio en que un leproso le dice a Jesús: «Si quieres, puedes curarme»? Jesús le cura, y después le dice: «No se lo digas a nadie», cosa que el leproso se saltará un poco a la torera. Ese «no se lo digas a nadie» me resuena y me interroga estos días especialmente.

No sé si se han percatado, pero en estos últimos tiempos, junto al aluvión de malas noticias que los medios de comunicación nos transmiten, hay otro aluvión paralelo: el de gestos solidarios. Al principio me animaba mucho verlo, me sacaban la sonrisa. Ahora…uf, no sé si es que estoy en un indeseado proceso de convertirme en Maléfica (tendré que hacérmelo ver) o es que tanto gesto solidario en los medios deja de perder esa autenticidad que voy buscando. Sobre todo cuando es la persona que hace el gesto la que sale a narrarlo con todo detalle mediante videoconferencia, mientras bajo su nombre y apellidos se puede leer: «héroe anónimo». Ya no tan anónimo, ¿no? Y es entonces cuando me viene a la cabeza ese «no se lo digas a nadie».

Es muy bueno, buenísimo, que aún sigamos viendo en el otro al hermano o hermana amado por el que nos desvivimos por ayudar. Ver que el prójimo no nos queda lejano y que no somos impermeables a las necesidades que hay a nuestro alrededor hace que la esperanza se fortalezca, pero… ¿hay que ir a contarlo a la tele? En realidad, mi pregunta es: ¿solidaridad muda o solidaridad a voces? Y es una pregunta para la que no tengo una respuesta clara.

Por una parte, que los diferentes telediarios y programas saquen este tipo de noticias e imágenes me parece bien, porque reconforta a las personas y las anima a imitar el ejemplo. Por otra parte, ¿es esa solidaridad solo visible en momentos catastróficos (pandemia, confinamiento, crisis económica, nevadas…) tan apetecibles por los medios, o se practica también a diario, en pequeños gestos, «cuando nadie me ve» (como dice la canción de Alejandro Sanz)? ¿Debe contarse y salir en la tele para que la gente no pierda el optimismo ni la fe en la bondad de la gente? ¿O hay que tener cuidado de mediatizarla demasiado por temor a estar alimentando demasiado el ego de las personas y el número de likes en las redes en vez de hacernos más conscientes y sensibles hacia las necesidades de nuestro alrededor? ¿Nos estamos convirtiendo en efímeros héroes oportunistas o en personas comprometidas con nuestro mundo?

No tengo la respuesta. Solo tengo la frase «no se lo digas a nadie» rugiendo una y otra vez dentro de mí, y una petición: que no se nos achique el corazón, ni se nos cieguen los ojos, ni perdamos el oído, ni la voz, ni la valentía, y sigamos denunciando injusticias, nos arremanguemos y hagamos piña cuando el mundo se venga abajo, demos de comer al hambriento, acojamos al que se siente excluido, cuidemos al enfermo, escuchamos al que nadie presta atención y acompañemos al que se quedó solo. Aunque nadie lo vea, aunque nunca nadie sepa de nuestra heroicidad en un momento determinado, y sea, Señor, tu sonrisa amorosa dibujada en el rostro del hermano el único testigo.

Un hombre que iba haciendo su camino, cayó en manos de unos ladrones que le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Pasó por aquel lugar una persona, reconocida, rigurosa con las normas que, al verlo, se ajustó la mascarilla, tomó distancia y siguió de largo. Después paso otra persona con la que ocurrió lo mismo Seguramente tenían prisa, cosas que hacer, gente a la que atender, mucho trabajo. Pasó por fin un samaritano, al que los otros dos seguramente hubiesen tachado de apóstata o hubiesen criticado por no tener fe. Pero fue el que se compadeció.

El samaritano es al que no le importó la religión de aquel hombre medio muerto, tampoco si era migrante con o sin papeles, si era de izquierdas o de derechas. Se nos dice que el samaritano se acercó, incluso sin saber si aquel individuo desnudo tenía Covid. Le curó con lo que tenía. Uso el gel hidroalcohólico, no era un imprudente, pero en algún momento tuvo que quitarse la mascarilla. Si tenía otra, seguramente se la hubiese dado a aquel hombre para paliar su vulnerabilidad. Además, lo dejó todo dispuesto para que se le atendiera cuando siguiese su camino, y se comprometió a pagar cuanto hiciese falta.

Tras la marcha del samaritano aquel hombre apaleado cayó enfermo, se hizo una PCR, y dio positivo. El samaritano tuvo que cumplir las consecuencias de aquel contacto estrecho. Ese fue el pago al que se había comprometido. No solo el dinero por su propia PCR, también lo desagradable del hisopo en la nariz, el tiempo de aislamiento… ¿Cómo lo habría asumido? ¿Maldeciría aquello que le movió a acercarse a aquel hombre? ¿Aquello de lo que se fio? Él simplemente hizo lo que creía que tenía que hacer, y no era ajeno a las consecuencias.

Del mismo modo, mucha gente se deja llevar por aquello en lo que cree, y así hay familias que han agarrado la pala, o lo que tuviesen a mano, para abrir caminos en la nieve y poder transitar por sus barrios. Gente que lleva meses atenta a las necesidades de sus vecinos con más riesgo de sufrir el contagio. Voluntarios que colaboran en el rescate de aislados por la nieve o que se ofrecen para llevar a quien lo necesita cuando el clima no da alternativas. Trabajadores alargando turnos que no se pagan con dinero. Sanitarios que han superado todas las dificultades para atender a sus pacientes, y siguen haciéndolo vacunándose y repartiendo vacunas…

Ninguno de ellos es ajeno a las consecuencias. Todos estamos mejor porque hay gente que corre el riesgo de ser generosa. Prestan un servicio que tantísima gente reconoce, aunque no se aplauda. Se mueven por su convencimiento de hacer lo correcto, por fidelidad a aquello en lo que creen. ¿No será eso tener fe?

Ojalá este vídeo fuera tan solo una historia humorística, una anécdota o una ficción simpática. Desgraciadamente, es un reflejo de una sociedad cada vez más absurda. En nueve minutos se juntan muchos de los ingredientes que nos están llevando hacia un precipicio social. Por describir unos cuantos:

1) La incapacidad de algunos menores para aceptar un «no» por respuesta,
2) La imposibilidad para algunos padres de poner límites a sus hijos, que se convierten en pequeños tiranos,
3) La inversión de la responsabilidad, que termina culpando a quien defiende la verdad, o a quien se mantiene fiel a sus convicciones,
4) La confusión de realidad y opinión, bajo el paradigma de que todo es verdad si alguien decide que lo sea,
5) La proliferación de figuras que viven según sopla el viento, marcados por la opinión pública y el quedar bien,
6) La decadencia de algunos medios de comunicación social, en los  que se ha dejado de tomar en serio la vida, convertidos en un ring de combate para expertos en nada. Y, por supuesto,
6) La crisis de un sistema educativo sustentado sobre tan débiles bases,
7) El elogio de la ignorancia.

Lo único bueno es que 8) La realidad es terca, y al final, si 2+2 son 22, cualquier cosa es posible.