Donald Trump acaba de anunciar que su país da la espalda a la lucha contra el cambio climático, desertando del Acuerdo de Paris. Si bien según los términos del acuerdo, esta salida no será efectiva hasta 2020, la decisión del líder mundial más conocido a escala global supone un revés y un retroceso más en políticas climáticas. Este abandono, justificado sobre razones económicas, pese a que el 71% del pueblo estadounidense apoya el Acuerdo, y falsas -ya que las energías renovables generan tres veces más empleo que las energías fósiles-, no debe ser tomado a la ligera. Mucho menos, ignorado.

Hemos traspasado la línea roja y nuestros niveles de consumo de energía son mayores que la capacidad del planeta de regenerarla. Hay argumentos desde la ciencia y la religión que defienden que el calentamiento global es causado por la actividad del ser humano, y aunque otros, con otros argumentos y datos, cuestionen que dicho calentamiento no depende del ser humano, mientras no estemos seguros lo único que podemos hacer es poner todo lo que esté en nuestra mano para paliarlo. 

Francisco es claro en su invitación al cuidado de la casa común: “Se vuelve indispensable crear un sistema normativo que incluya límites infranqueables y asegure la protección de los ecosistemas, antes que las nuevas formas de poder derivadas del paradigma tecnoeconómico terminen arrasando no sólo con la política sino también con la libertad y la justicia”.

Quizás estas palabras nos suenen exageradas desde una visión local y cercana pero no podemos ignorar el efecto mariposa que las emisiones de países industrializados suponen en zonas puramente agrícolas. En un mundo en el que el 40% de los conflictos están ligados al acceso a recursos naturales y en el que las crisis humanitarias más graves están directamente relacionadas al calentamiento global, no podemos cerrar los ojos ante el riesgo de pobreza extrema al que esta decisión expone a millones de personas en regiones donde el cambio climático ya está haciendo estragos. No pensemos que esta decisión no nos afecta.

No pensemos que podemos ignorarla. “No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos y, por eso mismo tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia” (Laudato Si’).

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