Como canta Fito, «Qué te voy a decir, si yo acabo de llegar…» Llevas un tiempo preparándote para este momento, ahondando en lo que sientes, lo que te provoca por dentro la figura de Jesús, lo que te apasiona de Él, de su herencia, porque, amigo, por si no te habías dado cuenta hasta ahora, tienes en herencia un bien muy valioso, y sólo tú decides ahora qué quieres hacer con ese regalo. El paso que estás a punto de dar pone en tus manos la posibilidad de cambiar la realidad que tienes alrededor, no como la podría cambiar cualquiera, que no se trata sólo de “ser buena gente”, sino mirando cada cosa que ocurra con la misma mirada de Dios, con pasión, com-pasión (esa capacidad de ponerte en el lugar del otro y dolerte cuando se duele y alegrarte cuando se alegra…).

Prometo momentos de duda (imprescindibles: el Espíritu tiene esa mala costumbre de despistar a veces), de sensación de fracaso, porque no siempre es fácil dejar que los demás vean a Dios a través de ti. Pero prometo también que jamás estarás solo. Que en los días más grises, sentirás ese abrazo necesario para no dejarte caer. Y venga de donde venga, sabrás que es Suyo. Mi experiencia me dice que de lo que el corazón siente, habla la boca, canta, en mi caso. Es el momento de que mires bien dentro, y pongas a tono todo lo que ves, que decidas qué tipo de melodía quieres dejar salir. Siéntete cómodo, busca tu sitio, y nunca olvides que es Dios mismo quien pone los acordes. Y que fluya la música…

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