Pensar en la Resurrección puede convertirse en un ejercicio de complacencia. “Jesús Resucitó”, “Feliz Pascua”,  “qué bonito es todo...”. Besos y sonrisas para todos...Llenamos nuestras liturgias de cantos que hablan de gozo sin límites y felicidad plena. Recitamos oraciones que dicen que el mundo está lleno de luz, que la tiniebla ha desaparecido, que la gracia desborda en torrentes, que es tiempo de cantar...  Pero si uno tiene ganas de ser escéptico el mundo ayuda mucho; miras alrededor y los periódicos siguen llenos de noticias trágicas. El que ayer sufría hambre hoy sigue con el estómago vacío. Los violentos no parecen haberse transformado en dóciles corderos. Nuestra Iglesia sigue necesitando más diálogo y menos seguridades. No hay 0´7 para ayudas al desarrollo, sigue habiendo deuda externa, no se ha abolido la pena de muerte, y así podríamos seguir mostrando semillas del mal (¿Y dónde quedan entonces las semillas de la resurrección que tanto exaltábamos la semana pasada?)

Tenemos que ser conscientes de que la Resurrección no es una cuestión de “todo o nada”, de un ya definitivo. Sólo es un anticipo, una promesa que ha empezado a cumplirse, un motivo para seguir luchando, una razón para correr riesgos.

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Saltar al vacío
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«Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra; te pongo delante bendición y maldición. Elige la vida, y viviréis tú y tu descendencia» (Dt 30, 19)

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Qué pena un mundo tan lleno de gente que sólo busca seguridades a toda costa. Se empieza queriendo tenerlo todo atado y bien atado, y se termina sin ser capaz de dar ningún paso. Quiero estar tan seguro de Dios, que ni siquiera creo a mi corazón que me dice que merece la pena dar la vida por el sueño del Reino.
Quiero estar tan seguro de mi futuro que olvido vivir mi presente.
Quiero estar tan seguro de tu amor que olvido que el amor es gratuito, frágil y uno lo cuida cada día, no lo ata.
Quiero estar tan seguro de acertar, que no me permito equivocarme.

La Resurrección nos habla de una forma de vivir que es muy diferente. Una forma de vivir que supone incertidumbre, fe, riesgo. Tenemos que ser capaces de saltar al vacío algunas veces en la vida, como Jesús en su Pascua, sin tener controlado lo que habrá al otro lado. Tenemos que ser capaces de adentrarnos en la oscuridad, creyendo que al otro lado hay una luz, aunque no la veamos. Tenemos que soltarnos de muletas que nos impidan caer, pero que no nos dejan tampoco correr. 

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¿Cuáles son tus sueños más insensatos, más nobles, más esperanzadores para este mundo? ¿Y por qué no creer que todo esto es posible? ¿Por qué no?

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Soñamos

 

Soñamos días de mañana 

que nunca llegan. 

Soñamos una gloria 

que no deseamos. 

Soñamos un nuevo día 

cuando ese día ya ha llegado. 

Huimos de una batalla 

en la que deberíamos pelear.

 

Y sin embargo dormimos. 

 

Esperamos la llamada 

sin adelantarnos a ella. 

Basamos nuestras esperanzas en el futuro 

cuando el futuro no es más que vanos proyectos. 

Soñamos con una sabiduría 

que evitamos cada día. 

Llamamos con nuestras plegarias a un salvador 

cuando la salvación está en nuestras manos.

 

Y sin embargo dormimos. 

 

Y sin embargo dormimos. 

Y sin embargo rezamos. 

Y sin embargo tenemos miedo. 

 

N. Kleinbaum (El club de los poetas muertos)

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Y descubrir la VIDA llena de matices
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«El desierto y el yermo se regocijarán, el páramo de alegría florecerá» (Is 35,1)

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A veces somos demasiado extremistas. En cuaresma, todo es hablar de conversión, perdón, tristeza... Y ahora en Pascua  ¿todo ha de ser felicidad, dicha, cumplimiento, etc? En realidad la alegría de ahora es tal alegría porque las opciones anteriores son reales. Y el pesar de entonces era tolerable porque ya antes creíamos en la Resurrección. Eso es la vida: la apertura a la sorpresa; la capacidad para percibir matices, no sólo absolutos; la riqueza de los tonos grises. La magia de hacer del mundo un lugar hermoso a pesar de tantos obstáculos.

La Resurrección nos habla de eso. Nos habla de un mundo en el que, a pesar de las noticias terribles y trágicas, aún cabe una buena noticia, tan buena que, sin tapar las anteriores, las desborda. Y al tiempo nos recuerda que en el mundo en el que vivimos tendremos que estar abiertos a la sorpresa. Pero que para ser capaces de eso hemos de ser capaces de arriesgar la vida, no necesariamente en actos heroicos o melodramáticos, sino poniendo en juego nuestras convicciones, en lo cotidiano, en lo sencillo, en lo cercano.

 

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¿No tienes miedo a veces de “vivir a medias”? ¿No tienes miedo de quedarte encerrado en burbujas que te impidan ver, oler, sentir, conocer, gustar el mundo, sus gentes, sus posibilidades, su diversidad, sus retos, los valores profundos escondidos en él?

 

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Biografía

 

La vida que murmura. La vida abierta. 

La vida sonriente y siempre inquieta. 

La vida que huye volviendo la cabeza, 

tentadora o quizá, sólo niña traviesa. 

La vida sin más. La vida ciega 

que quiere ser vivida sin mayores consecuencias, 

sin hacer aspavientos, sin históricas histerias, 

sin dolores trascendentes ni alegrías triunfales, 

ligera, sólo ligera, sencillamente bella 

o lo que así solemos llamar en la tierra.

 

Gabriel Celaya

 

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