El mundo se divide entre quienes se quedan sentados, por miedo a moverse, y quienes se alzan dispuestos a ver la realidad desde más alto. Porque el horizonte da perspectiva, y la perspectiva da verdad. Que no nos falten en la vida los maestros, los profetas, los locos, los valientes que sean capaces de plantar cara a lo injusto, a lo que mata la imaginación, la compasión y la vida. ¡Oh, capitán, mi capitán!

(El Club de los Poetas Muertos, Peter Weir, 1989)

Te dirán que no puedes. Te mirarán con una mezcla de incomprensión o burla. Se reirán de lo que crees, de lo que sueñas, de lo que persigues. Te llamarán soñador, idealista, ingenuo. Te dirán que alguien te ha lavado la cabeza. Te bombardearán con mensajes políticamente correctos. Te dirán que tú de qué vas. Pero, ¿sabes una cosa? En el fondo es una mezcla de miedo y envidia. Miedo por lo que no comprenden. Envidia por verte luchar. ¿Y sabes? Ahora, en este vídeo, sustituye la comida por los libros y las ideas. O por la fe y la búsqueda de respuestas más allá de los que lo tienen todo siempre claro para el sí y para el no. Sustitúyelo por otro uso del tiempo libre. Por tantas cosas... ¡Y no te rindas!

Eliges tu ropa, tu desayuno y con quién comes cada día. Eliges tus amigos, tus estudios y tu peinado cada fin de semana. Eliges vivir de tu pasado, de tu presente o de tu futuro. Eliges Vivir, vivir o sobrevivir. Eliges la vida, la no vida o simplemente no eliges. A veces, hay razones para elegir una u otra opción. ¿Pero cuáles son tus razones cuando no hay razones? Porque si no las tienes, tal vez acabes embarcándote en viajes vacíos, que te llevan a ninguna parte. (Trainspotting, Danny Boyle 1996)

Y ahora, ¿qué tal si te preguntas tú por todo eso que eliges (o no)?

El doble rasero es eso que ocurre cuando juzgas de manera diferente en función de personas e ideologías. Ocurre en la cultura, en la política, en el deporte, en la religión… Cuando justificas en los afines lo que no toleras en los diferentes. Cuando siempre encuentras un motivo para aceptar lo que hacen quienes consideras 'los tuyos', pero nunca lo encuentras para intentar comprender si eso mismo lo hacen 'los ajenos'.

Uno podría pensar que esto del doble rasero es una forma de hipocresía. Lo lamentable es que la mayoría de las veces no lo es, y es más bien una forma de ceguera, o incluso de esclavitud, porque quien juzga así, quizás es inconsciente de ello, y se termina creyendo sus propios argumentos. Y lo cree porque le ciega la ideología, la afinidad o el sectarismo de turno.

Por doble rasero tachas de inmoral en otros lo que es normal en los tuyos. Denuncias como obscenos lenguajes que, sin embargo, cuando salen de labios amigos resulta que son poesía. Las mismas conductas que exiges a los rivales las ves perfectamente prescindibles en los aliados.

Lo peor es que esa ceguera nos hace tremendamente dóciles. Porque quien manipula sí es consciente de las duplicidades, las contradicciones y las dos varas de medir que guarda en su cajón. Pero quien se deja manipular se va convirtiendo, poco a poco, en hooligan, forofo acrítico y, sin darse cuenta, cautivo de sus propias decisiones.

Somos mucho más capaces de criterio propio que todo eso. Solo hay que tomar distancia, pensar más, y negarse a que nadie dé por sentado que, pase lo que pase, somos de los suyos.

Hoy quiero dedicar unas líneas a la gente buena. No me refiero a la buena gente, es decir, todos aquellos con quienes nos cruzamos cada día o tenemos algún encuentro casual y que hacen la vida más fácil con su amabilidad y su simpatía. De esta buena gente, gracias a Dios, no falta.

Hoy, sin embargo, quiero hacer un homenaje a la gente buena, es decir, a aquellos que, por su compromiso de vida, por sus gestos y sus detalles, por su manera de sentir, de mirar y de caminar por la vida apuntan a algo más sublime, quizá a algo que les sobrepasa a ellos mismos. Por ejemplo, aquel que renuncia a un puesto de trabajo que cualquiera quisiera para sí para dedicarse a algo más vocacional y que ayudará a más personas aun cobrando mucho menos; la que atraviesa medio mundo −literal− por acompañar los momentos importantes −bodas y funerales− de su gente cuando todos entenderían que no viniera; el que abre las puertas de su casa para acoger a otro que se ha quedado en la calle y pasadas unas semanas no se le nota ni que está incómodo con su intimidad invadida ni que está haciendo un favor.

Gestos pequeños que dejan entrever un corazón grande. Detalles gratuitos que son impagables para quien los recibe. Muestras de bondad  que apuntan más allá de la persona. Y es que esta gente buena nos abre los ojos: Dios nos cuida a través de sus gestos desinteresados. Solo queda agradecer y hacerse pequeño. Con estos detalles sencillos, una vez más, se derrumban nuestros cálculos de «esto te he entregado, esto espero recibir» y los desenfoques sobre nuestra figura en los que nos colocamos más arriba o más abajo del lugar que nos corresponde. Porque de esta gente buena recibimos algo inesperado e inmerecido y porque, reconozcámoslo, nos dan mil vueltas.

Sus nombres deberían estar escritos en una placa para ser recordados. Y si bien raras veces obtendrán un reconocimiento público, al menos sus nombres deberían estar bien grabados en un lugar donde podamos nosotros mirar de vez en cuando. Porque la gente buena sostiene el mundo o, más modestamente, nos sostiene a nosotros. Cada vez que nuestra fe tiemble, que nos sintamos solos, que desconfiemos del género humano o que comprobemos que es posible darnos un poquito más, deberíamos volver la vista a esos nombres para reconocer que Dios ya nos amó primero y que espera de nosotros que también nos entreguemos con bondad.

Vaya, pues, este homenaje agradecido a la gente buena al que, estoy seguro, muchos de los que lo han leído se querrán apuntar.