¿Está de moda la penitencia? Sin entrar en grandes distinciones, lo cierto es que la intuición de desafiar al cuerpo por un bien mayor está más presente de lo que parece.
En el mundo fitness, el dry January que compensa los excesos de la Navidad recuerda a la austera dieta trapense; los chalecos de resistencia evocan antiguas disciplinas; y la alarma que despierta a runners se parece a la campana que convoca a laudes. Distintas formas, misma lógica: esfuerzo que busca transformación.
En entornos creyentes, la intuición se mantiene, pero parece tomar dirección opuesta. La Cuaresma nos da algunos ejemplos. El ayuno se reformula en abstinencia de redes sociales; la limosna, en propósitos de compartir algo más valioso que el dinero, nuestro tiempo; y, para intensificar la oración, apps o podcasts aparecen como los mejores aliados.
¿Adaptación o relajación? Quizás la respuesta no pivote sobre el nivel de exigencia, sino, en su sentido.
Toda disciplina pretende un cambio. Pero no todos los cambios apuntan al mismo horizonte. En un caso, el esfuerzo empieza y acaba en mí -ante el espejo o en el logro personal-. Algo nada desdeñable pues la disciplina, también física, tiene consecuencias positivas más allá de lo externo. En el otro, la penitencia cristiana (o la ascesis), apunta a algo distinto: a convertir el corazón.
Porque la penitencia cristiana nunca fue un gimnasio del yo, sino una escuela de descentramiento en la que dar un paso atrás para dejar espacio a la gracia de Dios y al hermano.
Por eso, quizá la pregunta cuaresmal de este año no sea tanto qué me quito, sino a quién quiero dejar entrar en mi corazón con mi renuncia.
