En un escenario internacional marcado por tensiones geopolíticas, gobiernos autoritarios y crisis humanitarias, la esperanza reaparece como un recurso imprescindible para leer el presente sin caer en el derrotismo. No se trata de una evasión ni de un consuelo superficial, sino de una manera concreta de situarse en el mundo y trabajar por la paz. La fe, para ser auténtica, debe encarnarse en la historia, y la historia actual exige una mirada capaz de reconocer tanto el sufrimiento como los signos de vida que emergen silenciosamente en medio de la violencia. La invitación a “buscar y hallar a Dios en todas las cosas” se convierte así en una clave para interpretar un planeta atravesado por avances tecnológicos impresionantes y fracturas sociales cada vez más profundas.

En este contexto, la construcción de la paz deja de ser un ideal abstracto para convertirse en una tarea urgente. Kant afirmaba que “la paz no es un estado natural, sino que debe ser instaurada”, una intuición que sigue interpelando hoy. A ella se suma la convicción de que Dios actúa en la historia y acompaña cada intento de reconciliación. La esperanza, lejos de promover la pasividad, empuja al compromiso desde la certeza de que Jesús sostiene incluso los esfuerzos más pequeños: comunidades que acogen migrantes, jóvenes que participan en proyectos de mediación, voluntarios que curan heridas invisibles en barrios olvidados.

Este es un momento decisivo. El mundo necesita voces capaces de tender puentes, de escuchar antes de juzgar y de apostar por la reconciliación en un clima dominado por la polarización. La esperanza no elimina los conflictos, pero sí ofrece un horizonte desde el cual encararlos con valentía. En tiempos convulsos, creer que la paz es posible ya es, en sí mismo, un acto de resistencia y, quizá, el primer paso para hacerla realidad.

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