Aunque se habla en general del resurgir de la fe entre los jóvenes en España, convendría matizar, ya que este fenómeno es bastante desigual según las regiones y diócesis españolas. No son lo mismo las diócesis rurales que las urbanas. Del mismo modo, no podemos equiparar la España vaciada con las regiones cuya población está aumentando en las últimas décadas.
Hay zonas en las que la religiosidad popular constituye una «tierra buena» que ha facilitado este resurgir. Hay otras que cuentan con condiciones demográficas favorables. Son regiones que suelen retener a la población originaria y que, además, por motivos laborales o de estudio, reciben gran cantidad de jóvenes procedentes de otras zonas. Este dato es importante. En gran medida, la fe se está transmitiendo por «contagio», de joven a joven.
Algunas diócesis en las que la pastoral juvenil estaba bajo mínimos están asistiendo a un aumento notable de la participación de jóvenes en actividades eclesiales. Sin embargo, este crecimiento se concentra en unas pocas parroquias y, dentro de estas, en ciertas eucaristías. Normalmente, se trata de las celebradas los domingos al final de la tarde.
Por el contrario, hay otras regiones de España donde la secularización aún campa por sus respetos. Ante este resurgir de la fe entre los jóvenes, reaccionan a la defensiva. Se resignan al progresivo envejecimiento de la feligresía, se resisten a cambiar sus propuestas de siempre —cada vez más obsoletas— y miran con recelo este fenómeno inesperado, que cuestiona su apalancamiento.
Como dice Jesús en el Evangelio de Juan: «el viento sopla donde quiere y estamos oyendo su ruido». A nosotros nos toca desplegar las velas y aprovecharlo.



