Con el ritmo acelerado del día a día, no es difícil percibir cuánto malestar interior nos acompaña muchas veces. Vivimos con prisa, con ruido y con pocas pausas, y eso va dejando una huella silenciosa en nuestra manera de estar en el mundo.
Reflexionando con un amigo, me di cuenta de hasta qué punto vivimos con frecuencia sin herramientas para entender lo que nos pasa por dentro, especialmente en el plano espiritual. La falta de escucha, de cultura y de memoria —personal y colectiva— nos va desconectando de nuestra propia historia, y cuando perdemos de vista de dónde venimos, se nos vuelve más difícil comprender quiénes somos.
Desde ahí empiezo a entender muchas reacciones cotidianas que nos habitan: enfados, frustraciones, la sensación de que todo nos afecta demasiado o de que no acabamos de encajar. No hablo de sufrimientos profundos que requieren acompañamiento profesional, sino de ese malestar difuso y persistente que nace de vivir sin detenernos a mirarnos.
Con el tiempo he ido descubriendo que no hay descanso mayor que sentirse comprendido, escuchado y acompañado. La cultura, la historia y la fe cristiana nos recuerdan que no estamos solos, que lo que vivimos —en pasado, presente y futuro— ya ha sido atravesado por otros y ha quedado recogido en relatos, testimonios y parábolas que nos ayudan a poner palabras a lo que sentimos.
En mi propio camino, una de las herramientas que más luz me ha regalado para vivir con mayor conciencia es el Examen ignaciano. Agradecer, pedir luz, repasar la propia vida, pedir perdón y perdonarse, y mirar con esperanza hacia el mañana no solucionan automáticamente los problemas, pero sí abren un espacio interior de profundidad, madurez espiritual y presencia.
Hacerse consciente no significa negar lo difícil ni mirar la vida con ingenuidad. Significa aprender a reconocer los dones que nos sostienen incluso en medio de lo frágil: un rato de buena compañía, una conversación sincera, una mirada, un abrazo, una rutina que ordena el día o la oportunidad que Dios nos regala cada día de colaborar, con lo que somos, en hacer del mundo un lugar un poco más humano.



