Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones empedernidos

por | ser

Si bien esta décima promesa va dirigida solo a los sacerdotes, hoy que el laicado ha ganado en conciencia de su vocación apostólica seguramente fuese dirigida a todo creyente. En cualquier caso, para un servidor -como presbítero que soy- me ayuda a crecer en humildad y confianza, recordándome que no soy yo, sino Su gracia la que puede transformar un corazón de piedra en uno de carne.

No son pocas las veces que me han recordado que una predicación ha de buscar no mover “los culos en los bancos” sino los corazones. Por eso acabo invirtiendo mucho tiempo en orar, pensar, escribir y retocar cada homilía dominical. No me cabe duda de que es algo importante a lo que dedicar tiempo y dedicación ¡¡faltaría más!! Pero quizás poniendo más la confianza en esta gracia prometida y menos en mi creatividad o locuacidad.

Un corazón empedernido es un sepulcro cerrado: herido, sellado, endurecido, desconfiado, desesperanzado… Difícilmente con meras palabras bonitas o con habilidades psicológicas podríamos hacerlo cambiar. Pero la Pascua nos recuerda que no existe losa que Dios no pueda remover.  Sólo la fuerza del Resucitado puede hacer que ningún corazón esté muerto para siempre. Así que conformémonos los sacerdotes en nuestras charlas y predicaciones con no ser impedimento a Su gracia. Porque el poder que abrió el sepulcro sigue actuando. Y cuando Cristo resucitado se hace presente -en la Palabra, en los sacramentos, en nuestro testimonio humilde- hasta el corazón más endurecido puede comenzar a latir de nuevo.

Te puede interesar

PastoralSJ
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.