Tal vez porque en el cine siempre parece que es el momento solemne, o por aquello de que lo último parece como lo más definitivo, damos mucho valor a las últimas palabras: del condenado, del enfermo, del amigo que se despide, de quien se va… (¿Quién no recuerda las últimas palabras de Casablanca o de Lo que el viento se llevó? –pregunta retórica, no hace falta contestar…–). Ocurre con esa palabra última como que uno consiguiese la lucidez, o tuviese la honestidad o la libertad enorme de hablar sin rodeos y con profundidad.
Pues bien, la última palabra de Dios no es Jesús en la cruz, sino la vida del resucitado. Esa palabra que quema, que deberíamos estar escuchando, como susurrada en nuestro oído con la ternura de quien ama; como gritada en las plazas con la pasión de quien se siente feliz. «Vence la vida». La última palabra no la tiene la soledad, ni la injusticia, ni el fracaso; callan ya la hipocresía, la condena y la furia. No se oirán, al fin, las lágrimas, sino las risas; ni los sollozos, sino una canción. Cuando me sienta herido, cansado, desanimado. Cuando algo duela, susúrrame, Señor, esa última palabra tuya… «no busquéis entre los muertos al que vive». Vive.
Escucha esa palabra: «Vive». Y mira alrededor, y búscale. Porque está.
Llama de amor viva
¡Oh, llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres,
rompe la tela deste dulce encuentro.
¡Oh, cauterio suave!
¡Oh, regalada llaga!
¡Oh, mano blanda! ¡Oh, toque delicado
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!
Matando muerte, en vida la has trocado.
¡Oh, lámpara de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!
¡Cuán manso y amoroso
recuerdan en mi seno
donde secretamente solo moras!
¡Y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!
San Juan de la Cruz